jueves, 19 de octubre de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXVI)

Con palabras sencillas, dirigidas a niños que le preguntaban, el papa Benedicto XVI explicó qué es la adoración eucarística y con dichas palabras nosotros podremos aprender con humildad a adorar.

"Adriano:  Santo Padre, nos han dicho que hoy haremos adoración eucarística. ¿Qué es? ¿Cómo se hace? ¿Puedes explicárnoslo? Gracias.

Bueno, ¿qué es la adoración eucarística?, ¿cómo se hace? Lo veremos enseguida, porque todo está bien preparado:  rezaremos oraciones, entonaremos cantos, nos pondremos de rodillas, y así estaremos delante de Jesús. Pero, naturalmente, tu pregunta exige una respuesta más profunda:  no sólo cómo se hace, sino también qué es la adoración. Diría que la adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por él, sólo si sigo el camino que él me señala. Así pues, adorar es decir:  "Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo". También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo:  "Yo soy tuyo y te pido que tú también estés siempre conmigo"" (Benedicto XVI, Encuentro con los niños de primera comunión, 15-octubre-2005).

martes, 17 de octubre de 2017

La paciencia (Tertuliano - XI)

La impaciencia todo lo destruye, y deja el alma arrasada, mientras que la paciencia, laboriosa, va engendrando virtudes que arraigan en el corazón humano.


Para adquirir cualquier virtud es necesaria su consideración, la repetición de actos hasta que se convierten en hábitos firmes del alma y lleguen ser parte de nosotros mismos. Esto no se consigue de un día para otro, ni de la noche a la mañana. No se deja ningún vicio del alma inmediatamente para que arraigue ya una nueva virtud. El trabajo es lento y paciente.

Por eso la paciencia trae consigo un conjunto de virtudes que se van haciendo nuestras con el paso del tiempo, lentamente, y refrena la impaciencia con sus vicios.


"Capítulo 11: La paciencia, madre de todas las virtudes
Después de haber tratado -dentro de nuestras posibilidades- los temas principales sobre la paciencia, ¿sobre qué otros trataremos?, ¿serán los de casa o los de afuera? Abundante y extensa es la labor del demonio. Variadísimos los dardos de este arquero dañino. A veces son pequeños y otras muy grandes. A los menores los desprecias en razón de su misma pequeñez; pero de los mayores, ¡huye a causa de su violencia! 

domingo, 15 de octubre de 2017

Obras de santa Teresa de Jesús



Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, ejerció un magisterio propio mediante sus escritos; esos libros suyos son hoy igualmente un magisterio vivo y muy sugerente, una escuela de vida cristiana y del seguimiento radical del Señor, teniendo como cimiento la oración.



            Fueron sus confesores los que la obligaron a empezar a escribir, y santa Teresa obedeció gustosa. Sacaba ratos por la noche para escribir; no hacía borrador alguno, ni tenía tiempo para revisar lo escrito, con lo cual hay digresiones y repeticiones. Quería enseñar y transmitir, no buscaba el esteticismo literario ni la perfección estilística de una obra acabada para generaciones venideras.

            Escribe como habla, porque está entablando una conversación con el lector. Es un lenguaje directo, rico, con muchas imágenes, giros preciosos, frases lapidarias. Enriquece sus obras con su propia experiencia, y el marco de su experiencia es la referencia, sin que lo eleve a norma absoluta, porque sabe bien que Dios lleva a cada alma por distintos senderos. Tiene ingenio, posee buen humor, capta bien la atención del lector. Y como escribe delante del Señor, en su presencia, muchas veces corta el hilo de la narración o de la exposición, deja en suspenso al lector, y escribe a Dios rezando. De esa manera, el lector reza también con Teresa, juntos, a Su Majestad.

sábado, 14 de octubre de 2017

Dones de Dios en la oración (teología de la oración)

Maravillosamente, y de manera imprevista, Dios tiene como oficio amar, y el amar en Dios es darse. No lo hace en virtud de nuestros méritos, ¿cuáles?, sino en virtud de su amor, de sí mismo. El ejercicio de la oración es una receptividad para el don que es Dios mismo y para los dones que Él quiere comunicar libremente.

Sus dones son constantes. Otra cosa bien distinta es que nuestros sentidos estén embotados, distraidos y metidos en sus cosas y no sintamos ni la presencia de Dios ni su actuación en nuestra alma. Pensamos que Dios no está ni se comunica y sin embargo somos nosotros los que en muchos momentos somos incapaces de sentir y percibir a Dios.

Como las aguas profundas están calmadas y en paz aunque en la superficie haya oleaje, así nuestra alma, débil, experimenta oleajes, ya sea por la imaginación y las distracciones, ya sea por sequedad y largos períodos de purificación, mientras que en lo más interior del alma, sin que lo sintamos, Dios está dándose.

Detengámonos ahora en ver qué da Dios, qué entrega gratuitamente al alma. Así aprenderemos a ir a la oración para buscar a Dios, sólo a Dios, y recibir humildísimamente lo que Él se digne dar.


"... para una infusión de Amor, en lo secreto...

Es posible responder, conservando en la acción de Dios su carácter necesariamente misterioso: son "las cosas de mucho secreto" que pasan "entre Dios y el alma" (1M 1,3). Escuchemos a nuestros dos doctores decirnos este maravilloso enriquecimiento que Dios procura al alma: "Dios enseña el alma y la habla de la manera que queda dicha... Pone el Señor lo que quiere que el alma entienda, en lo muy interior del alma, y allí lo representa sin imagen ni forma de palabras, sino a manera de esta visión que queda dicha. Y nótese mucho esta manera de hacer Dios que entienda el alma lo que El quiere y grandes verdades y misterios" (V 27,6). "Es Dios, el cual oculta y quietamente anda poniendo en el alma sabiduría y noticia amorosa... Pero los bienes que esta callada comunicación y contemplación deja impresos en el alma, sin ella sentirlo entonces, como digo, son inestimables; porque son unciones secretísimas, y por tanto delicadísimas, del Espíritu Santo, que secretamente llenan el alma de riquezas" (L 3, 33. 40).

lunes, 9 de octubre de 2017

Apostolados santos (Palabras sobre la santidad - XLV)

La fecundidad del apostolado radica en la santidad, si bien esta fecundidad, en muchísimas ocasiones, apenas tenga nada que ver con éxitos numéricos, aplastantes, rápidos o instantáneos. A veces esta fecundidad ni los propios santos apóstoles la ven, sólo se revela a largo plazo y de modo inesperado.


Pero sí es condición del apostolado la santidad.

Este apostolado se identifica con la santidad del apóstol, lleno de Dios, respondiendo a la gracia, sin depender simplemente de estrategias humanas, de planificaciones pastorales, de un estilo democraticista -que decía Juan Pablo II en Tertio millennio adveniente-. Es menos cuestión de estrategias y reuniones, de métodos pastorales o del empleo de audiovisuales y textos, cuanto de la santidad del apóstol que anuncia y da testimonio y acompaña a los demás llevándolos a Cristo.

sábado, 30 de septiembre de 2017

A través del trabajo (Palabras sobre la santidad - XLV)

La santidad toma como materia lo cotidiano, lo profano, lo secular, que es amasado y que recibe una nueva forma por la acción de Dios.

Si pensáramos en una santidad de lo extraordinario y lo excepcional, la santidad se tornaría inalcanzable, imposible.


A veces, la percepción de la santidad, errónea, es que se logra a pesar de lo cotidiano, a pesar de la realidad, tan prosaica y monótona, de cada jornada, una igual que la otra, la de hoy igual que la del día anterior.

¿Santificarse? Parecería que lo cotidiano, el matrimonio, la familia, el trabajo, etc., serían obstáculos para la santidad, y que, sin ellos, se alcanzaría la santidad más plena, rápida, fácilmente.

Pero no se trata de santificarse "a pesar de", sino "a través de", a través del trabajo, a través del matrimonio, a través de las realidades seculares, profanas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Caminando en fe (vida de oración)

"Caminamos sin verlo, guiados por la fe" (2Co 5,7), porque la vida aquí, la del creyente, es una peregrinación donde sólo una luz guía, la de la fe. Pero no vemos.


La noche envuelve la vida cristiana: atisbamos, pero vemos como en un espejo, en enigma. La fe nos conduce.

 La noche, además, se produce en nuestro interior, cuando Dios nos lleva más adelante en la oración y comienzan las purificaciones, activas y pasivas, para que le busquemos sólo a Él. Ya no sentimos nada agradable en la oración, nada sensible, y sin embargo es oración y Presencia, difícil pero liberadora.

La fe es luz en la oscuridad, guía segura.

martes, 26 de septiembre de 2017

Deseos sacerdotales de Pablo VI

El Beato Pablo VI, a punto de ser ordenado diácono en 1920 y, en breve, sacerdote, escribió una carta que es expansión de su corazón.




Posee la ternura de quien se acerca en breve al altar del Señor; tiene los rasgos de la conmoción y estupor ante un Misterio -Cristo y el sacerdocio- siempre mayores, siempre superiores, al pobre que es elegido por el Señor y recibe la imposición de manos.

Me parece esta carta una pieza antológica de los escritos íntimos del joven Giovanni Battista Montini.

¡Cuántos no habrán experimentado lo mismo! ¡Cuántos no habrán suplicado lo mismo al Señor los días previos a la ordenación sacerdotal!


Brescia, 6 de marzo de 1920

Queridísimo don Francesco:

Siento una viva alegría al saber que has querido compartir conmigo la alegría y la solemne inquietud de mi primera ordenación definitiva, porque, al compartirla, la alegría crece y la inquietud deja paso a ese sentimiento de confianza que es propio de la amistad en Cristo. 

domingo, 24 de septiembre de 2017

Orientar sobrenaturalmente un nuevo curso (y II)

Si decimos "venga a nosotros tu reino" en el Padrenuestro, estamos implicándonos nosotros, como colaboradores de Dios, en la venida de ese Reino que no es humano, ni un paraíso terrenal, ni una sociedad humana, sino que es suyo, de Dios.

Esa petición del Padrenuestro implica, de suyo, un horizonte apostólico para el cristiano, un compromiso y una tarea apostólica que es irrenunciable. Él nos eligió y Él nos envía.

Hemos de enfocar nuestra vida, en todas las cosas, según el plan de Dios para nosotros, su llamada y su envío. Cada curso nuevo que empieza debe despertar nuestra esperanza para que trabajemos con nuevo ímpetu santificándonos y también para renovar el compromiso apostólico. Nadie está excluido. Todos por el bautismo estamos llamados y es el Señor mismo quien nos envía en función de su Reino.

Cada uno, es verdad, vivirá un distinto horizonte apostólico y distintas serán las tareas y los modos, según la propia vocación y según el ámbito en que vivamos. No significa que todos tengan que realizar tareas intraeclesiales (o intraparroquiales, siempre dentro de la parroquia), ocupando oficios y servicios, sino que la dimensión apostólica se vive en el mundo, en la sociedad, en las relaciones humanas y laborales, así como en la propia familia.

¡Venga a nosotros tu reino!


"La segunda petición abre un inmenso horizonte apostólico. En la primera demanda el objetivo se concentraba en la persona del Padre invocada al principio de la oración. "Sea santificado tu nombre" manifestaba el deseo de que fuera glorificado desde un mejor conocimiento y un más intenso amor. Este deseo implicaba una intención apostólica: la conversión de los espíritus y el corazón al Padre. Sin embargo, esta intención adquiere mayor fuerza sólo desde la segunda petición, cuando lanza su mirada sobre el reinado del Padre. Este reinado, en su pretensión de reunir a todos los hombres bajo la autoridad del Padre en su amor, constituye el gran objetivo de la obra desplegada en todo el mundo para la salvación de la vida espiritual de la humanidad.
 

sábado, 23 de septiembre de 2017

La paciencia (Tertuliano - X)

Enseña Tertuliano la necesidad y conveniencia de la virtud de la paciencia en el desarrollo de la vida cristiana. 

Cuando se cierne sobre nosotros la maldad de los demás, cuando se nos provoca, o cuando el enemigo nos insulta, humilla o desprecia, sólo la paciencia puede refrenar la ira y la cólera, y así ni responder al mal con la violencia, frenando cualquier venganza que se nos pueda ocurrir -fruto de la concupiscencia-.

Sin la paciencia, la ira nos doblegaría ante cualquier ataque o daño sufrido; la cólera sin la paciencia sería voraz; la venganza planificaría su castigo si la paciencia no disipara la maldad del corazón.


"Capítulo 10: La paciencia, enemiga de la venganza
Otro muy grande estímulo para la impaciencia es la pasión de la venganza, tanto la que se pone a defensora del honor como la que se comete por maldad. Esta clase de honra es siempre tan vana, como la maldad es siempre odiosa ante Dios. Y lo es muy especialmente en este caso en que uno, provocado por la maldad de otro, se constituye a si mismo en juez con el fin de ejecutar la venganza. Esto es pagar con un nuevo mal; es duplicar el que se había cometido tan sólo una vez. Entre los malvados la venganza es considerada como un consuelo; pero entre los buenos se la detesta como un crimen. ¿Qué diferencia hay entre el provocador y el que a sí mismo se provoca? Que aquél comete el pecado antes, y éste lo comete después. Pero tanto el uno como el otro, son reos de crimen ante Dios, que prohibe y condena cualquier clase de maldad.

Ser el primero o el segundo en pecar no establece diferencia; ni el lugar distingue lo que iguala la semejanza del crimen. Porque de un modo absoluto está mandado que no se devuelva mal por mal (Rm 12, 17). Por tanto, a iguales acciones corresponde igual merecido. ¿Cómo observaremos, pues, este precepto si de veras no despreciamos la venganza? A más de esto, si nos apropiamos el arbitrio de nuestra defensa, ¿qué clase de honor tributamos a Dios, que es nuestro Señor? 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Plegaria: Valor de nuestras obras en Cristo

Plenamente hombre de la reforma, san Juan de Ávila está imbuido del tratado de justificación y gracia del Concilio de Trento, con tono profundamente optimista ante el pesimismo antropológico luterano.

Nuestras obras en Cristo son valiosas y Dios las tiene en cuenta, porque es su Hijo el que obra en nosotros y es su Hijo quien las presenta ante Él.


A nosotros nos toca, luchando siempre contra el pecado, unirnos más a Cristo y dejar que obre en nosotros y nos mueva al bien, a la bondad, a la Verdad y a la Belleza. Unidos a Él, y Él por nosotros, damos fruto abundante que Dios mira con agrado. Esa es la parte humana imprescindible de nuestra justificación, que no es pasividad absoluta, sino actividad conjunta con el Señor y su gracia.

Oremos con san Juan de Ávila en esta preciosa meditación teológica, suplicando que Cristo presente lo nuestro ante el Padre y que sea Él siempre quien obre por medio nuestro y en nosotros.



            "Cristo es Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec, que ofreció pan y vino.

            Y aunque Él en su propia persona no consagró ni ofreció su santísimo cuerpo más que una vez, sin embargo lo hace cada día hasta el fin del mundo por medio de sus sacerdotes. Y lo que hace por medio de ellos cerca de su santísimo cuerpo, hace también ofreciendo y santificando a los miembros vivos que son su místico amparo.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El altar y el corazón

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.

El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.


Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.

Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir, con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.

Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Orientar sobrenaturalmente un nuevo curso (I)

Cada día, la Iglesia reza solemnemente tres veces el Padrenuestro: en el Oficio de Laudes y de Vísperas y en la Misa cotidiana. En esa oración, la oración dominical, se encuentra un compendio de todo el evangelio, una síntesis, hecha oración, de las enseñanzas de nuestro Salvador.

Así oramos diciendo: "venga a nosotros tu reino", pero esta petición implica también una disponibilidad, un compromiso, una responsabilidad y un trabajo personal.

Al profundizar en esta petición, de la mano del teólogo Jean Galot, podríamos reorientar nuestro trabajo y nuestra disponibilidad en el comienzo de un nuevo curso, donde todo empieza a adquirir su ritmo y monotonía tras el período de vacaciones. El trabajo, que es nuestro lugar ordinario de santificación, debe recibir una impronta sobrenatural, y realizarse con una visión de fe.

¡Venga a nosotros tu reino!


"A esta esperanza orientada hacia la ilusión de un paraíso terrenal, Jesús responde con el anuncio de la venida del reinado espiritual. El Espíritu Santo descenderá sobre los discípulos y los convertirá en testigos (cf. Hch 1,8). Con ello se nos da el sentido auténtico de este reino, según se contempla en la propia petición del Padrenuestro: "Venga tu reino".

martes, 12 de septiembre de 2017

La oración es ejercicio de fe

La vida de oración es un constante ejercicio de fe y de una fe que se va purificando para buscar no ya los consuelos y gustos de Dios, sino buscar sólo al Dios de los consuelos, muchas veces en oscuridad.

La fe necesita ser purificada de muchas adherencias y limitaciones por nuestros pecados, para ser una fe reciamente teologal, que únicamente busque a Dios y lo obedezca. Las distintas purificaciones a las que hay que ser sometidos tienden a una fe que busca a Dios "aunque es de noche", una oración que sólo tiene la luz de la fe, la luz que guía.

La oración es un ejercicio de fe teologal que pone en juego cuanto somos (memoria, inteligencia, voluntad) sin detenerse en las flores del camino (los gustos, las luces, el sabor, el consuelo) sino yendo derechamente a Dios por Dios mismo.

Sin este ejercicio, la oración se puede convertir en un refugio egoísta, sentimental, y la fe quedaría siempre pequeña, infantil, expuesta a muchos peligros, entre ellos, el de no entender el Misterio de Dios y derrumbarse ante la perspectiva de cualquier cruz que se presente o se ponga en nuestros hombros.

Muchas supuestas crisis de fe han sido antes crisis de oración, de una oración rutinaria, insuficiente, que no han entrado en el Misterio y abrazado la Cruz, sino que se han consolado, pidiendo favores, sin atención amorosa a Dios.

La fe crece cuando crece la oración. Y ésta, a su vez, es un ejercicio de fe, necesario, imprescindible.

"...en la fe...

Solamente, en nuestro compuesto humano de bautizado, la gracia nos permite entrar en comunión con Dios por la fe ["la fe es el próximo y proporcionado medio al entendimiento para que el alma pueda llegar a la divina unión de amor", S. Juan de la Cruz, 2S 9]. Por lo demás, ya que la oración es un intercambio de amor, hay una doble actividad, la de Dios y la del hombre. Pero si es evidente que la más importante es la de Dios, la nuestra es la primera. ¿En qué consiste? Con la "ayuda general de Dios", o gracia actual, consiste en hacer un acto de fe. La "fides ex auditu" de san Pablo nos lleva a decir que la catequesis es una condición previa necesaria, y que las tres actividades, sensible, intelectual y sobrenatural, son indispensables, pero que únicamente, según la afirmación de san Juan de la Cruz, "la fe nos da y comunica al mismo Dios" (CB 12,4).

sábado, 9 de septiembre de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXV)

Una sencilla palabra sobre la adoración eucarística, con tal de que la comprendamos mejor, la vivimos amorosamente, la propaguemos fervientemente.


"Un tercer elemento, que de manera cada vez más natural y central forma parte de las Jornadas Mundiales de la Juventud, y de la espiritualidad que proviene de ellas, es la adoración. Fue inolvidable para mí, durante mi viaje en el Reino Unido, el momento en Hyde Park, en que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió, de modo más reducido, en Zagreb, y de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos. 

Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío». La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y recibir rectamente el Cuerpo del Señor" (Benedicto XVI, Disc. a la Curia romana, 22-diciembre-2011).

lunes, 4 de septiembre de 2017

La paciencia (Tertuliano - IX)

La paciencia, virtud sumamente necesaria, modera en nosotros el miedo ante la muerte, la perspectiva de la misma muerte -siempre terrible- y el dolor hondo cuando se rompen los hilos del afecto con aquellos a los que estábamos unidos y la muerte nos los arrebató.


La muerte, al no ser definitiva, ni victoriosa, es vencida con paciencia, hasta que, por pura gracia, si hemos vivido en santidad y justicia, podamos gozar de la vida eterna, de la resurrección de la carne y del reencuentro feliz con todos los santos en el cielo.

Sin paciencia, la muerte es demasiado angustiosa y la vida se convierte en una carrera sin freno para apurarla ante el temor de que después no hay nada más.


viernes, 1 de septiembre de 2017

La fe (Sentencias de León Bloy)

Una sencilla catequesis, pero a veces lo más sencillo, nos permite recordar las grandes verdades yendo al núcleo, al centro.


"La Fe es el conocimiento de nuestro límite" (León Bloy, Diarios, 18-febrero-1894).


Sin ser un sentimiento (siempre identificando las realidades espirituales con estados emotivos), la fe es un conocimiento sobrenatural, dado por Dios.


Este conocimiento sobrenatural, la fe, nos hace conocer a Dios... y conocernos a nosotros mismos, tal como Dios nos conoce, y tal como es posible humanamente ahora. La fe nos desvela lo que somos y también cómo somos, situándonos en nuestra realidad.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La fe, camino de oración

La vida cristiana está amasada por la oración y ahí adquiere textura, peso, medida y sabor. Es connatural al ser cristiano el hecho de ser orante.

Por eso, para avanzar en la vida cristiana, y para vivir la fe plenamente, desplegando sus riquezas en nosotros, la oración espiritual -llevada y guiada por el Espíritu Santo, culto en Espíritu y Verdad- robustece la fe, nos permite captarla, abrazarla, integrarla, afianzarla.


La fe es un camino de oración, porque la Verdad se contempla en diálogo con Cristo.

Para ser iniciado en la oración hay que descubrir bien qué es la oración y cómo se integra en el dinamismo de la fe y de la vida cristiana. La teología de la oración establece los sólidos fundamentos para vivir nuestra plegaria y comprender lo que en ella ocurre.


"Más allá de la sensibilidad, la oración es el encuentro de dos amores en la fe, 'aunque es de noche' para una infusión de amor, en lo secreto hasta la santidad.

Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe.
Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche (S. Juan de la Cruz).

viernes, 25 de agosto de 2017

El disenso en la Iglesia

Mucho ha sufrido la Iglesia cuando en una época agitada culturalmente, los años sesenta y setenta, todo fue puesto en crisis con movimientos de repulsa a todo lo anterior, ruptura con el orden existente, creación de una cultura nihilista, con sus matices de relativismo. 

Esa ruptura cultural, con el gran símbolo de "mayo del 68", se vivió en la Iglesia y aún hoy se prolonga, con el fenómeno del disenso y la contestación, de quienes dentro de la Iglesia se vuelven contra la Iglesia, calificándola de anticuada y retrógrada y con gran simplismo protestaban y discutían todo cuanto viniese de los legítimos pastores, del Magisterio y del Santo Padre.

Tales voces fueron muy numerosas en ciertos ámbitos teológicos, que asumieron un papel incompatible con el oficio auténtico de "teólogo" y se llegaron a creer que eran "nuevos profetas" del Señor ante el Magisterio y frente a los pastores de la Iglesia. Ellos se autoproclamaban "profetas" y alcanzaban eco sus voces en los medios de comunicación afines. Ellos se creían en "la base" ante la "jerarquía opresora". Sus palabras no eran más que imágenes del protestantismo liberal de principios de siglo, una secularización galopante del dogma, de la liturgia, de la moral y de la vida entera de la Iglesia. Querían confundir a la Iglesia con el mundo llegando, sin más, a la mundanización de la Iglesia y a una reducción ética (o moralista) de todo el Evangelio y de la doctrina.

Ese disenso tan virulento se mantiene hoy, con nuevas características, en la vida de la Iglesia. Han perdido mucho crédito y ya pocos se dejan engañar para seguir sus cantos de sirenas, pero en algunos ámbitos trasnochados, anclados aún en los años 60, les sirven de altavoces para seguir viviendo el disenso y seguir viviendo a costa del disenso.

Vale la pena que adquiramos ideas claras sobre qué significa el disenso y lo que supone para la vida de la Iglesia para situarnos con claridad ante tanto falso profeta, ante tantas voces directamente discordantes con el depósito de la fe y su custodio, el Magisterio.


"En diversas ocasiones, el Magisterio ha llamado la atención sobre los graves inconvenientes que acarrean a la comunión de la Iglesia las actitudes de oposición sistemática, que llegan incluso a constituirse en grupos organizados. En la Exhortación Apostólica Paterna cum benevolentia, Pablo VI presentó un diagnóstico que conserva toda su actualidad. Ahora se quiere hablar en particular de aquella actitud pública de oposición al Magisterio de la Iglesia, llamada también "disenso", que es necesario distinguir de la situación de dificultad personal... El fenómeno del disenso puede tener diversas formas y sus causas remotas o próximas son múltiples.

Entre los factores que directa o indirectamente pueden ejercer su influjo, hay que tener en cuenta la ideología del liberalismo filosófico que impregna la mentalidad de nuestra época. De allí proviene la tendencia a considerar que un juicio es mucho más auténtico si procede del individuo que se apoya en sus propias fuerzas. De esta manera se opone la libertad de pensamiento a la autoridad de la tradición, considerada fuente de esclavitud. Una doctrina transmitida y generalmente acogida viene desde el primer momento marcada por la sospecha, y su valor de verdad puesto en discusión. En definitiva, la libertad de juicio así entendida importa más que la verdad misma. Se trata entonces de algo muy diferente a la exigencia legítima de libertad, en el sentido de ausencia de coacción, como condición requerida para la búsqueda leal de la verdad. En virtud de esta exigencia, la Iglesia ha sostenido siempre que "nadie puede ser forzado a abrazar la fe en contra de su voluntad" (Dignitatis humanae, 10).

martes, 22 de agosto de 2017

Lo que el santo ve (Palabras sobre la santidad - XLIV)

La fe provoca una mirada nueva, o, también, la fe es una mirada nueva sobre todas las cosas, porque se participa de la mirada del mismo Cristo. Entonces se ve limpiamente, más y mejor, más lejos y con mayor profundidad, porque se alcanza la verdad de las cosas, la verdad de la realidad misma.


"El ver también forma parte del seguimiento de Jesús, y la fe se presenta como un camino de la mirada, en el que los ojos se acostumbran a ver en profundidad" (Lumen fidei, 30).

El amor comparte la visión y la mirada del amado; ve de otro modo, con mayor alcance. La fe, con esa peculiar e íntima comunión de amor con Cristo, comparte la mirada de Cristo:

"La experiencia del amor nos dice que precisamente en el amor es posible tener una visión común, que amando aprendemos a ver la realidad con los ojos del otro, y que eso no nos empobrece, sino que enriquece nuestra mirada. El amor verdadero, a medida del amor divino, exige la verdad y, en la mirada común de la verdad, que es Jesucristo, adquiere firmeza y profundidad" (Lumen fidei, 47).

Unido a Cristo, el creyente alcanza con su mirada más allá de las apariencias incluso adversas:

Donde florece la santidad (Palabras sobre la santidad - XLIII)

Pudiera parecer que para vivir en santidad, y para que maduren los santos, y para que haya muchos brotes de santidad, el ambiente debería ser propicio, favorable, cálido, de manera que pudieran germinar, crecer y dar fruto.

Esa afirmación, o ese pensamiento, haría proclives unos ambientes para el crecimiento de la santidad, y otros ambientes serían contrarios y por eso no dan santos visibles. Pero, ¿no sería confiar entonces única y exclusivamente en los factores humanos, ambientales, y en las propias capacidades humanas? ¿No sería supeditar la santidad a lo exterior, a las circunstancias que rodean la vida? ¿No sería, así pues, confiar más en los factores humanos, en la capacidad humana, incluso en el voluntarismo, que en la acción divina y sobrenatural?

Como la santidad es más lo de Dios que lo del hombre, la gracia que las capacidades y esfuerzos humanos, cualquier ambiente entonces puede ver favorecer la santidad, tanto el ambiente propicio como el adverso, el más cultivo como el más frío o indiferente.

Así hemos de valorar lo externo, lo que nos rodea:

sábado, 19 de agosto de 2017

La santidad... y la comunión de los santos

Un apartado de la obra de Marie-Joseph Le Guillou, "El rostro del Resucitado", trata de la santidad, destacando los contenidos fundamentales del Concilio Vaticano II.

La forma de presentarlo, o el lenguaje que emplea el autor, me parecen sencillos y claros para nosotros e incluso cabría resaltar que al leer el texto uno desea más la santidad y comprende mejor el misterio de la Iglesia como una preciosa Comunión de los santos, real, efectiva, muy concreta.

Dice el texto, aunque sea muy amplio:

"Para todos los cristianos, la vida religiosa es una llamada a esa transfiguración perfecta a imagen de Cristo que es la vocación de todos y que es, siempre y a la vez, personal y comunional.

Soy transformado a imagen de Cristo de manera absolutamente única y personal, pero lo soy en comunión con todos mis hermanos.

Por eso puedo descubrir en mis hermanos conformados a imagen de Cristo, su Rostro, y puedo vivir en su familiaridad, en la alegría común de glorificar juntos al Dios que nos salva (LG 50).

Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino, hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio (LG 50).

jueves, 17 de agosto de 2017

La paciencia (Tertuliano - VIII)

Las injurias y las humillaciones se dan en nuestra vida. Dichosos nosotros si ocurren por el Nombre de Jesús y su Evangelio.

Pero hay que resistir y no ceder a la tentación de responder con el mal o con la ira, sino que la paciencia nos conducirá a responder con el bien, a resistir mediante el bien: la mansedumbre y el perdón.


"Capítulo 8: La paciencia enseña a soportar las injurias
Los que en esta vida llevamos no sólo el cuerpo sino la propia alma expuesta a la injuria de todos, y además hemos de sobrellevarlo todavía con paciencia, ¿nos vamos a sentir heridos por algún pequeño daño? ¡Lejos del siervo de Cristo una torpeza tal, como sería la que una paciencia ejercitada para afrontar pruebas muy grandes viniese luego a quebrarse delante de unas naderías! 

Por lo tanto, si alguno osase provocarte con su propia mano, hállese pronta la admonición del Señor, que dice: "Al que te hiriere en el rostro, ofrécele también la otra mejilla" (Mt 5, 39). Canse tu paciencia a la maldad, cuyo golpe ya sea de dolor como de afrenta, será frustrado y más gravemente contestado por el mismo Dios. Pues, más castigas al mal cuanto más lo soportas; y más castigado será por Aquel por quien los sufres.

martes, 15 de agosto de 2017

"¡Hoy ha sido elevada a los cielos!"


¿Cómo no poseerá María con su carne santa el reino de los cielos, ella que no cometió deshonestidad ni adulterio ni fue petulante ni realizó obra alguna torpe de la carne sino que permaneció limpia?[1]
  
“¡Qué pregón tan glorioso para ti, María! Hoy has sido elevada por encima de los ángeles y con Cristo triunfas para siempre!” (Ant. Entrada Misa vespertina)




Esta fiesta es particularmente interesante en orden a ver la esperanza de la Iglesia anhelando el futuro que ya contempla gozosamente en la Virgen. Si bien el dogma proclamado es muy reciente (1-Noviembre-1950), esta fiesta mariana tiene gran raigambre dentro de la tradición litúrgica de muchas Iglesias. 

Es conveniente, para captar incluso la profundidad de este misterio, mirar la historia de la liturgia para ver cómo la Iglesia ha considerado de gran importancia el tránsito glorioso de María en orden a comprender y anhelar su misma gloria en el cielo.

Esta solemnidad hay que considerarla como el prototipo de las primeras fiestas marianas, "el día de la Madre de Dios María, como la denomina el Leccionario Armenio de Jerusalén (siglo V) aunque la fiesta se centró más tarde en la glorificación de María, es decir, en su dies natalis"[2]

sábado, 12 de agosto de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXIV)

La presencia de Jesús en el sagrario, o expuesto en la custodia, ha sido siempre un polo de atracción fascinante para los santos. Ahí descubrían la cercanía de Cristo, su bondad y su amor, y acudían para estar con el Señor, dejarse llenar de Él y entregarle cada uno lo que era, lo que hacía, lo que deseaba en su corazón; ahí permanecían amando, orando, intercediendo, reparando, alabando, dando gracias.


Una oración de santa Teresa del Niño Jesús,  "a Jesús en el sagrario" (Or 7) nos permite barruntar algo de lo que los santos descubrían y vivían ante el sagrario. Así nosotros, en la escuela de los santos, aprendemos también la gran lección de la adoración eucarística y del trato con el Señor en la Eucaristía.

"¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño...

lunes, 7 de agosto de 2017

La mística cristiana (teología de la oración)

Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Para ir al Padre, Él se ha hecho Camino no sólo para saber adónde ir, sino para que tengamos por dónde ir.

Su Humanidad, ahora gloriosa, es el Camino, el método, de la verdadera mística cristiana. Ésta se centra en Cristo, ama a Cristo, escucha a Cristo, sigue a Cristo, imita a Cristo, busca a Cristo, abraza a Cristo.

La mística cristiana es profundamente personal porque sitúa al creyente, entero, tal como es, ante una Persona, la de Jesucristo, entablando una relación única, donde el orante va siendo conducido, purificado de toda adherencia e impureza, y enviado.

Nada de vacío, ausencia, nirvana, o equilibrio con el cosmos o la 'Madre naturaleza': la mística cristiana es tan personal como Persona divina es Jesucristo amando. Y en Él y por Él, desembocamos en Dios Trinidad, como hijos del Padre en Cristo, movidos siempre por el Espíritu Santo: amando, escuchando, obedeciendo, respondiendo.

No hay otro camino seguro: el de la Santísima Humanidad de Jesucristo.

"La última cita de santa Teresa ["poder ayudar en algo al Crucificado", 7M 3,6], la gran doctora de la Iglesia, saca a la luz el centro de la mística cristiana: Cristo crucificado. En él nuestros místicos hacen la experiencia de Dios. A la luz roja de su sangre ven el abismo de su "nada" y de su "menos que nada", su pecado cuya fealdad hace decir a santa Catalina de Génova que el pecado es más feo que el infierno. Purificados por la sangre que corre de sus heridas de amor, sólo pueden desear sufrir con Él por la obra de la Salvación. La corona de espinas que Catalina de Siena se ponía en su cabeza y las flores que decoran la frente de santa Rosa de Lima son lo mismo. El testimonio de Teresa de Lisieux es quizás el más conmovedor. Sufriendo en su cuerpo agotado, y, como Cristo, hundida en la noche mística del desamparo interior, escribe en su último manuscrito autobiográfico: "Oh, Jesús, si es necesario que la mesa manchada por ellos sea purificada por un alma que os ame yo quiero comer sola el pan de la prueba hasta que os plazca introducirme en vuestro reino luminoso. La sola gracia que os pido es la de no ofenderos jamás..."

jueves, 27 de julio de 2017

La hagiografía, estudio de la obra de Dios (Palabras sobre la santidad - XLII)

La hagiografía es la parte, la ciencia, dedicada a escribir y, lo que es más, a describir la vida de los santos. Siempre es bueno, más aún es recomendable, leer las vidas de los santos por lo mucho que se aprende de ellos a vivir el Evangelio, a obedecer a Dios, a buscar en todo su voluntad y realizarla, siempre llenos de amor por Cristo, por celo auténtico, por pasión que enciende las almas.


La hagiografía se puede detener en leyendas en torno al santo, con lo cual, resulta poco edificante, aunque toda leyenda posee un fondo de verdad. Se puede dejar guiar por el aspecto milagroso de la vida de algún santo, pero este aspecto tal vez pueda llegar a ocultar el conjunto de su vida. O incluso destacar lo peculiarísimo y extraordinario que se presenta de forma inalcanzable para el común de los mortales, también llamados a la santidad, y que se pueden ver lejanos de esa meta, o incluso desanimados ante una santidad que se muestra inaccesible.

Todos esos son aspectos que pueden darse en la hagiografía. Pero las vidas de los santos, que ojalá siempre fueran rigurosas históricamente y con una mirada teológica, no se limitan a esos aspectos, sino que van más allá, mostrando caminos transitables de santidad de modo que, al leerla, el cristiano encuentre un modelo, un referente, que le ayude y le espolee a caminar y avanzar; la hagiografía, con buena pedagogía, debe y puede ofrecer modelos de referencia para que uno se identifique y refuerce su vida cristiana, con sintonía, con amistad con el santo.


domingo, 23 de julio de 2017

Vigencia de la parroquia

Una comunidad cristiana, asentada en un territorio, eso es una parroquia. De ahí se deduce que las relaciones son de vecindad, en función de la cercanía y del domicilio, pero en ese territorio nace una comunidad cristiana, que crea unos lazos nuevos, de caridad y fraternidad cristianas, juntos celebran, son santificados, escuchan la Palabra divina y crecen en su comprensión por la catequesis y, finalmente, ejercen la caridad cuidando de sus enfermos y ayudando a los pobres y necesitados.

Que necesita constante revitalización, es cierto, así la parroquia no se convertirá en un templo que ofrezca solamente servicios religiosos según un horario. Pero también es cierto que la parroquia como tal es necesaria, buena, eficaz y es ya una verdadera comunidad cristiana.

En su lugar tienen sitio y se integran grupos y movimientos, pero ni acaparan la parroquia ni constituyen la totalidad de la parroquia. Tampoco es sano espiritualmente sustituir la diversidad y grandeza del pueblo cristiano en la parroquia por una vivencia reducida y siempre particular de un solo grupo, movimiento y comunidad.

Una parroquia viva enriquece a todos y genera el sentido de catolicidad, de universalidad, acogiendo a todos.

Edifiquemos la parroquia y dejémonos sustentar por nuestra propia parroquia, que debe sernos muy querida. A ella nos vinculamos, en ella vivimos, en ella entregamos nuestra aportación económica (o nuestro diezmo), hacia ella dirigimos el corazón porque nos da a Cristo.

Al dedicar una parroquia con rito solemne y consagrar el altar, Pablo VI ofreció una homilía que mostraba algunos aspectos de lo que es una parroquia.


viernes, 21 de julio de 2017

Espíritu apostólico (teología de la oración)

La oración cristiana, o si preferimos ya a estas alturas, la mística cristiana, produce un impulso o ardor apostólico, un fuego interior, que nada puede apagar.


Lejos de ser una contemplación de sí mismo, y de lo que uno descubre, y de los sentimientos interiores, y del alejamiento de todo, la mística cristiana transforma al orante uniéndolo a Dios y uniéndolo a sus hermanos, con deseos santos de que todos conozcan al Señor, lo amen y lo sigan.

La verdadera mística siempre es actuante, laboriosa, operante; la falsa mística es una capa de piedad que recubre un refinado egoísmo, el de buscar un sosiego que paraliza, una burbuja que incomunica.

Lo que Dios obra a medida que avanzamos en la oración, va transformándonos para ser apóstoles más coherentes, lanzados, valientes; infunde siempre un espíritu apostólico. La meta de la transformación cristiana -la vida espiritual, mística- es dar fruto abundante:
"Cuando yo veo almas muy diligentes en entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, ... porque no se les vaya un poquito el gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio ... te compadezcas de ella ... no tanto por ella, como porque sabes que Tu Señor quiere aquello" (Sta. Teresa, 5M 3).

jueves, 20 de julio de 2017

La paciencia (Tertuliano - VII)

La paciencia nos humaniza, nos hace saber esperar, resistir, crecer.

Con ella alcanzamos bienes, sin ella podemos echar a perder todos los bienes.


"Capítulo 7: La paciencia y los bienes temporales
Hemos ya tratado sobre las causas de la impaciencia, ahora veremos otras obligaciones según se vayan presentando. Si el ánimo se halla perturbado a causa de la pérdida de los bienes familiares, casi no hay enseñanza del Señor que no inculque el desprecio de las cosas mundanas. Nada inspira tanto menosprecio del dinero como pensar que al Señor no se le encuentra jamás entre ninguna clase de riquezas. Siempre ensalza a los pobres; y a los ricos los amenaza con la condenación.

Si ordena el desprecio de la opulencia, la adelanta en la paciencia la resignación, para que no se haga cuenta de unas riquezas que se tienen que perder. En consecuencia, lejos de nosotros apetecer algo que el Señor tampoco quiso, sino que hemos de soportar sin pena su disminución y aun su pérdida. El Espíritu del Señor, por medio del Apóstol, declaró: "La codicia es la raíz de todos los males" (2Tm 6,10). Y esto lo interpretamos diciendo que no está la codicia tan sólo en el afán de lo ajeno, sino también en lo que parece ser nuestro; pues esto mismo es ajeno. Nada en verdad es nuestro, ni siquiera nosotros, por cuanto todo es de Dios. De consiguiente, ni resentidos por el daño sufrido, lo llevamos con impaciencia doliéndonos de la pérdida de algo que no era nuestro, entonces estamos cerca de ser víctimas de la codicia. Codiciamos lo ajeno cuando con amargura sufrimos la pérdida de lo que no era nuestro.

martes, 18 de julio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXIII)

La postura propia de la adoración eucarística es estar de rodillas. La genuflexión, doblando la rodilla derecha hasta el suelo, con reverencia, es el saludo al Señor. Luego la oración personal, todo el tiempo que se pueda, estando de rodillas, en adoración, reconociendo la grandeza de Cristo y la propia pequeñez ante Él.


En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor (CAT 1378).

sábado, 15 de julio de 2017

La idolatría (Sentencia de León Bloy)

¿Qué es la idolatría?

León Bloy, en sus Diarios, aporta una definición:

"La Idolatría consiste en preferir lo Visible a lo Invisible" (9-julio-1893).

¿Cómo?
¿En qué sentido?

Se rehuye entrar en el Misterio, con la fe que orienta como luz hasta el Misterio, para preferir solamente aquello que se ve, que se palpa, que se puede manipular y mover hasta el antojo.

El becerro de oro -da igual si en vez de oro fuera de otro material- era un ídolo porque era visible y porque ya no era Dios invisible quien podía decidir y ordenar, sino el hombre quien manejaba al becerro de oro.

miércoles, 12 de julio de 2017

El Magisterio de la Iglesia

Recordemos en esta catequesis qué es el Magisterio de la Iglesia y su función al servicio de la verdad. Para nosotros, el Magisterio es normativo, porque nos garantiza la continuidad con la fe apostólica y la permanencia inalterable del depósito de la fe.

Ratzinger lo explica entresacando citas del Concilio Vaticano II. Hagamos nuestra tal enseñanza.

"'Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones' (DV 8).



Él dio a su Iglesia, por el don del Espíritu Santo, una participación en su propia infabilidad. El Pueblo de Dios, gracias al 'sentido sobrenatural de la fe' goza de esta prerrogativa, bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia, que, por la autoridad ejercida en el nombre de Cristo, es el único intérprete auténtico de la Palabra de Dios, escrita o transmitida.

Como sucesores de los Apóstoles, los pastores de la Iglesia 'reciben del señor... la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación..." (LG 24). Por eso, se confía a ellos el oficio de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, de la que son servidores.

La misión del Magisterio es la de afirmar, en coherencia con la naturaleza "escatológica" propia del evento de Jesucristo, el carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo, protegiendo a este último de las desviaciones y extravíos y garantizándole la posibilidad objetiva de profesar sin errores la fe auténtica, en todo momento y en las diversas situaciones.

domingo, 9 de julio de 2017

Confusiones y límites - fundamentos de la participación (y V)


            La clericalización de los laicos se ha puesto de relieve, palpable, en mayor o menor grado, en la liturgia.

            Así se han multiplicado innecesariamente ministerios que acaparaban la liturgia, y se relegaba el papel del sacerdocio ministerial casi exclusivamente a la recitación de las palabras de la consagración; se han llegado a desarrollar continuas intervenciones en la liturgia, con una visión antropocéntrica, para que fueran seglares los que subieran y bajaran del presbiterio, hablaran, leyeran, incluso predicaran a su modo. Se les ha situado en el presbiterio para desacralizar cuanto más posible la celebración litúrgica y convertirla en “circular”, “asamblearia”, y se ha llegado a banalizar la distribución de la sagrada comunión, cuando sin una verdadera necesidad (ministros extraordinarios o ministros ad casum), se ha favorecido que sean seglares los que la distribuyan, y en algunos casos además,  mientras el sacerdote está sentado. Son abusos reales que se han producido y es una mentalidad difundida:

            “En la práctica, en los años posteriores al Concilio, para cumplir este deseo se extendió arbitrariamente "la confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares:  recitación indiscriminada y común de la plegaria eucarística, homilías pronunciadas por seglares, seglares que distribuyen la comunión mientras los sacerdotes se eximen" (Instrucción Inestimabile donum, 3 de abril de 1980, IntroducciónL'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de junio de 1980, p. 17).

            Esos graves abusos prácticos han tenido con frecuencia su origen en errores doctrinales, sobre todo por lo que respecta a la naturaleza de la liturgia, del sacerdocio común de los cristianos, de la vocación y de la misión de los laicos, en lo referente al ministerio ordenado de los sacerdotes” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

            Lo que en algunas circunstancias y territorios de misión pudo ser un servicio en ausencia y espera de sacerdote, se ha convertido, por una mala teología y praxis pastoral, en algo permanente, confundiendo la distinta misión del sacerdocio bautismal de aquella que es propia del sacerdocio ministerial.

martes, 4 de julio de 2017

Lo que vemos en los santos (Palabras sobre la santidad - XLI)

La observación sobre los santos nos llevará a descubrimientos fascinantes, sorprendentes. Desde luego se caerán pronto los esquemas, que podríamos llamar pre-juicios, que consideran a los santos unos super-héroes, de una constitución psicológica, moral y hasta física, superior, distinta, de otra pasta, de otra madera. Caerán los prejuicios que insisten en verlos a todos uniformados, con un mismo modo de ser, actuar y corresponder a todo, alejados de la realidad, de la humanidad concreta del propio yo.


Cuando se observa de cerca el fenómeno de la santidad lo que se constata no es la excepcionalidad humana, su genialidad, no un virtuosismo. Lo que se observa, lo que se descubre, es que son todos, absolutamente todos los santos, una obra maestra de la gracia realizada en sus limitaciones personales, en su temperamento y carácter, en su deficiencia y debilidades.

El fenómeno de la santidad, extraordinario, se debe a la gracia. La santidad es obra de la gracia y los santos, siempre, frutos de la variada, multiforme, ingeniosa, gracia de Dios.

domingo, 2 de julio de 2017

La unión más profunda con Dios (teología de la oración)

Ya sabemos que la vida mística es para todos, porque es la unión con Dios y el desarrollo pleno de la gracia en nuestros corazones, en fe, esperanza y caridad. Esta vida mística, los Padres de la Iglesia en Oriente llamarían "divinización" es la consecuencia de la oración y de la disponibilidad mariana a la acción de Dios.

No confundamos la vida mística, descrita así, con los 'fenómenos místicos' que son gracias extraordinarias que Dios concede a algunas almas.

Será bueno entender la oración como una vida mística hasta alcanzar la mayor unión posible con Dios: se iluminará nuestro camino y se encenderá nuestro deseo. Siempre una correcta teología de la oración es una ayuda para la vida cristiana y espiritual de todos.

"Se trata en efecto de una experiencia inmediata de Dios. Aunque sea el alma creada la que es el sujeto de esta experiencia, lo experimenta como haciéndose en Dios. Pertenece a Dios y a nosotros. Lo que es de Dios y lo que es del alma permanece en el vacío. Porque el alma está tan absorta en Dios que ya no está reflexivamente cerca de sí... Escribe Juliana de Norwich: "No podía ver ninguna diferencia entre Dios y nuestra sustancia: todo era, por así decir, Dios. Pero mi espíritu comprendía sin embargo que era nuestra sustancia la que estaba en Dios. En otras palabras, Dios es Dios y nuestra sustancia es su creación".

Santa Catalina de Génova se expresaba aún con más fuerza: "El verdadero centro de cada hombre es Dios mismo... Mi "yo" es Dios y yo no reconozco otro "yo" fuera de Dios... mi ser es Dios, no por simple participación sino por una verdadera transformación de mi ser... Dios es mi ser, mi "yo", mi fuerza, mi felicidad, mi bien, mi alegría". Dios, o el Amor, le dice: "Quiero transformaros en mí y deshaceros de todo hasta hasta punto que no podréis ya ver o sentir en vos otra cosa más que el amor puro. En una palabra, quiero ser el único". Porque, como lo dice santa Catalina de Siena: "Yo soy el que es, tú eres la que no eres".

viernes, 30 de junio de 2017

La paciencia (Tertuliano - VI)

En el capítulo VI, Tertuliano presenta cómo la paciencia es el crisol de la fe.

Sin duda, y lo habremos experimentado, la fe es puesta a prueba muchas veces, para acrisolarla, refinarla, purificarla de falsas adherencias y que busque a Dios sólo por Dios, sin otras mezclas ni egoísmos. Pero en estas pruebas, la paciencia sostiene a quien es probado. Por eso, la paciencia es el crisol de la fe.

Y así, "la paciencia engendra virtud probada" (Rm 5). Hemos de resistir todo "firmes en la fe", o sea, pacientes en la fe, ya que la caridad es paciente, lo soporta todo, lo aguanta todo.


"Capítulo 6: La paciencia, crisol de la fe
Tan excelente es la paciencia que no sólo sigue a la fe sino que aún la precede (Gn 15). En efecto, creyó Abraham a Dios, y Éste lo reputó por justo. Pero la paciencia probó su fe cuando le ordenó la inmolación de su hijo. Yo diría que no se probó su fe, sino que se lo destacó para modelo, porque bien conocía Dios a quien había aprobado por justo. Y no sólo escuchó pacientemente tan grave mandato, cuya realización hubiera desagradado al Señor, sino que lo hubiera ejecutado si Dios lo hubiese querido. ¡Con razón bienaventurado, porque fue fiel; con razón fiel, porque fue paciente! De este modo cuando la fe -gracias a una paciencia divina fue sembrada entre los pueblos por Cristo, descendiente de Abraham- colocó la gracia sobre la ley; para ampliar y cumplir la ley antepuso la paciencia como auxiliar, pues sólo ella era lo que faltaba a la enseñanza de la anterior justicia (Gál., III).

En efecto, antes se exigía "diente por diente y ojo por ojo", se daba mal por mal (Ex 31, 23-25 y Dt 19, 21), porque aún no había llegado a la tierra la paciencia, porque tampoco había llegado la fe. Entonces la impaciencia se gozaba de todas las oportunidades que le ofrecía la misma ley. Así acontecía antes que el Señor y Maestro de la paciencia, hubiese venido. 

miércoles, 28 de junio de 2017

El peligro de la clericalización de los laicos - fundamentos de la participación (IV)


            La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.



            Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

            “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

            Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

            “En el momento del bautismo fuimos marcados por un "carácter", por un "sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).