sábado, 19 de agosto de 2017

La santidad... y la comunión de los santos

Un apartado de la obra de Marie-Joseph Le Guillou, "El rostro del Resucitado", trata de la santidad, destacando los contenidos fundamentales del Concilio Vaticano II.

La forma de presentarlo, o el lenguaje que emplea el autor, me parecen sencillos y claros para nosotros e incluso cabría resaltar que al leer el texto uno desea más la santidad y comprende mejor el misterio de la Iglesia como una preciosa Comunión de los santos, real, efectiva, muy concreta.

Dice el texto, aunque sea muy amplio:

"Para todos los cristianos, la vida religiosa es una llamada a esa transfiguración perfecta a imagen de Cristo que es la vocación de todos y que es, siempre y a la vez, personal y comunional.

Soy transformado a imagen de Cristo de manera absolutamente única y personal, pero lo soy en comunión con todos mis hermanos.

Por eso puedo descubrir en mis hermanos conformados a imagen de Cristo, su Rostro, y puedo vivir en su familiaridad, en la alegría común de glorificar juntos al Dios que nos salva (LG 50).

Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino, hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio (LG 50).

jueves, 17 de agosto de 2017

La paciencia (Tertuliano - VIII)

Las injurias y las humillaciones se dan en nuestra vida. Dichosos nosotros si ocurren por el Nombre de Jesús y su Evangelio.

Pero hay que resistir y no ceder a la tentación de responder con el mal o con la ira, sino que la paciencia nos conducirá a responder con el bien, a resistir mediante el bien: la mansedumbre y el perdón.


"Capítulo 8: La paciencia enseña a soportar las injurias
Los que en esta vida llevamos no sólo el cuerpo sino la propia alma expuesta a la injuria de todos, y además hemos de sobrellevarlo todavía con paciencia, ¿nos vamos a sentir heridos por algún pequeño daño? ¡Lejos del siervo de Cristo una torpeza tal, como sería la que una paciencia ejercitada para afrontar pruebas muy grandes viniese luego a quebrarse delante de unas naderías! 

Por lo tanto, si alguno osase provocarte con su propia mano, hállese pronta la admonición del Señor, que dice: "Al que te hiriere en el rostro, ofrécele también la otra mejilla" (Mt 5, 39). Canse tu paciencia a la maldad, cuyo golpe ya sea de dolor como de afrenta, será frustrado y más gravemente contestado por el mismo Dios. Pues, más castigas al mal cuanto más lo soportas; y más castigado será por Aquel por quien los sufres.

martes, 15 de agosto de 2017

"¡Hoy ha sido elevada a los cielos!"


¿Cómo no poseerá María con su carne santa el reino de los cielos, ella que no cometió deshonestidad ni adulterio ni fue petulante ni realizó obra alguna torpe de la carne sino que permaneció limpia?[1]
  
“¡Qué pregón tan glorioso para ti, María! Hoy has sido elevada por encima de los ángeles y con Cristo triunfas para siempre!” (Ant. Entrada Misa vespertina)




Esta fiesta es particularmente interesante en orden a ver la esperanza de la Iglesia anhelando el futuro que ya contempla gozosamente en la Virgen. Si bien el dogma proclamado es muy reciente (1-Noviembre-1950), esta fiesta mariana tiene gran raigambre dentro de la tradición litúrgica de muchas Iglesias. 

Es conveniente, para captar incluso la profundidad de este misterio, mirar la historia de la liturgia para ver cómo la Iglesia ha considerado de gran importancia el tránsito glorioso de María en orden a comprender y anhelar su misma gloria en el cielo.

Esta solemnidad hay que considerarla como el prototipo de las primeras fiestas marianas, "el día de la Madre de Dios María, como la denomina el Leccionario Armenio de Jerusalén (siglo V) aunque la fiesta se centró más tarde en la glorificación de María, es decir, en su dies natalis"[2]

sábado, 12 de agosto de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXIV)

La presencia de Jesús en el sagrario, o expuesto en la custodia, ha sido siempre un polo de atracción fascinante para los santos. Ahí descubrían la cercanía de Cristo, su bondad y su amor, y acudían para estar con el Señor, dejarse llenar de Él y entregarle cada uno lo que era, lo que hacía, lo que deseaba en su corazón; ahí permanecían amando, orando, intercediendo, reparando, alabando, dando gracias.


Una oración de santa Teresa del Niño Jesús,  "a Jesús en el sagrario" (Or 7) nos permite barruntar algo de lo que los santos descubrían y vivían ante el sagrario. Así nosotros, en la escuela de los santos, aprendemos también la gran lección de la adoración eucarística y del trato con el Señor en la Eucaristía.

"¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño...

lunes, 7 de agosto de 2017

La mística cristiana (teología de la oración)

Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Para ir al Padre, Él se ha hecho Camino no sólo para saber adónde ir, sino para que tengamos por dónde ir.

Su Humanidad, ahora gloriosa, es el Camino, el método, de la verdadera mística cristiana. Ésta se centra en Cristo, ama a Cristo, escucha a Cristo, sigue a Cristo, imita a Cristo, busca a Cristo, abraza a Cristo.

La mística cristiana es profundamente personal porque sitúa al creyente, entero, tal como es, ante una Persona, la de Jesucristo, entablando una relación única, donde el orante va siendo conducido, purificado de toda adherencia e impureza, y enviado.

Nada de vacío, ausencia, nirvana, o equilibrio con el cosmos o la 'Madre naturaleza': la mística cristiana es tan personal como Persona divina es Jesucristo amando. Y en Él y por Él, desembocamos en Dios Trinidad, como hijos del Padre en Cristo, movidos siempre por el Espíritu Santo: amando, escuchando, obedeciendo, respondiendo.

No hay otro camino seguro: el de la Santísima Humanidad de Jesucristo.

"La última cita de santa Teresa ["poder ayudar en algo al Crucificado", 7M 3,6], la gran doctora de la Iglesia, saca a la luz el centro de la mística cristiana: Cristo crucificado. En él nuestros místicos hacen la experiencia de Dios. A la luz roja de su sangre ven el abismo de su "nada" y de su "menos que nada", su pecado cuya fealdad hace decir a santa Catalina de Génova que el pecado es más feo que el infierno. Purificados por la sangre que corre de sus heridas de amor, sólo pueden desear sufrir con Él por la obra de la Salvación. La corona de espinas que Catalina de Siena se ponía en su cabeza y las flores que decoran la frente de santa Rosa de Lima son lo mismo. El testimonio de Teresa de Lisieux es quizás el más conmovedor. Sufriendo en su cuerpo agotado, y, como Cristo, hundida en la noche mística del desamparo interior, escribe en su último manuscrito autobiográfico: "Oh, Jesús, si es necesario que la mesa manchada por ellos sea purificada por un alma que os ame yo quiero comer sola el pan de la prueba hasta que os plazca introducirme en vuestro reino luminoso. La sola gracia que os pido es la de no ofenderos jamás..."

jueves, 27 de julio de 2017

La hagiografía, estudio de la obra de Dios (Palabras sobre la santidad - XLII)

La hagiografía es la parte, la ciencia, dedicada a escribir y, lo que es más, a describir la vida de los santos. Siempre es bueno, más aún es recomendable, leer las vidas de los santos por lo mucho que se aprende de ellos a vivir el Evangelio, a obedecer a Dios, a buscar en todo su voluntad y realizarla, siempre llenos de amor por Cristo, por celo auténtico, por pasión que enciende las almas.


La hagiografía se puede detener en leyendas en torno al santo, con lo cual, resulta poco edificante, aunque toda leyenda posee un fondo de verdad. Se puede dejar guiar por el aspecto milagroso de la vida de algún santo, pero este aspecto tal vez pueda llegar a ocultar el conjunto de su vida. O incluso destacar lo peculiarísimo y extraordinario que se presenta de forma inalcanzable para el común de los mortales, también llamados a la santidad, y que se pueden ver lejanos de esa meta, o incluso desanimados ante una santidad que se muestra inaccesible.

Todos esos son aspectos que pueden darse en la hagiografía. Pero las vidas de los santos, que ojalá siempre fueran rigurosas históricamente y con una mirada teológica, no se limitan a esos aspectos, sino que van más allá, mostrando caminos transitables de santidad de modo que, al leerla, el cristiano encuentre un modelo, un referente, que le ayude y le espolee a caminar y avanzar; la hagiografía, con buena pedagogía, debe y puede ofrecer modelos de referencia para que uno se identifique y refuerce su vida cristiana, con sintonía, con amistad con el santo.


domingo, 23 de julio de 2017

Vigencia de la parroquia

Una comunidad cristiana, asentada en un territorio, eso es una parroquia. De ahí se deduce que las relaciones son de vecindad, en función de la cercanía y del domicilio, pero en ese territorio nace una comunidad cristiana, que crea unos lazos nuevos, de caridad y fraternidad cristianas, juntos celebran, son santificados, escuchan la Palabra divina y crecen en su comprensión por la catequesis y, finalmente, ejercen la caridad cuidando de sus enfermos y ayudando a los pobres y necesitados.

Que necesita constante revitalización, es cierto, así la parroquia no se convertirá en un templo que ofrezca solamente servicios religiosos según un horario. Pero también es cierto que la parroquia como tal es necesaria, buena, eficaz y es ya una verdadera comunidad cristiana.

En su lugar tienen sitio y se integran grupos y movimientos, pero ni acaparan la parroquia ni constituyen la totalidad de la parroquia. Tampoco es sano espiritualmente sustituir la diversidad y grandeza del pueblo cristiano en la parroquia por una vivencia reducida y siempre particular de un solo grupo, movimiento y comunidad.

Una parroquia viva enriquece a todos y genera el sentido de catolicidad, de universalidad, acogiendo a todos.

Edifiquemos la parroquia y dejémonos sustentar por nuestra propia parroquia, que debe sernos muy querida. A ella nos vinculamos, en ella vivimos, en ella entregamos nuestra aportación económica (o nuestro diezmo), hacia ella dirigimos el corazón porque nos da a Cristo.

Al dedicar una parroquia con rito solemne y consagrar el altar, Pablo VI ofreció una homilía que mostraba algunos aspectos de lo que es una parroquia.


viernes, 21 de julio de 2017

Espíritu apostólico (teología de la oración)

La oración cristiana, o si preferimos ya a estas alturas, la mística cristiana, produce un impulso o ardor apostólico, un fuego interior, que nada puede apagar.


Lejos de ser una contemplación de sí mismo, y de lo que uno descubre, y de los sentimientos interiores, y del alejamiento de todo, la mística cristiana transforma al orante uniéndolo a Dios y uniéndolo a sus hermanos, con deseos santos de que todos conozcan al Señor, lo amen y lo sigan.

La verdadera mística siempre es actuante, laboriosa, operante; la falsa mística es una capa de piedad que recubre un refinado egoísmo, el de buscar un sosiego que paraliza, una burbuja que incomunica.

Lo que Dios obra a medida que avanzamos en la oración, va transformándonos para ser apóstoles más coherentes, lanzados, valientes; infunde siempre un espíritu apostólico. La meta de la transformación cristiana -la vida espiritual, mística- es dar fruto abundante:
"Cuando yo veo almas muy diligentes en entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, ... porque no se les vaya un poquito el gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio ... te compadezcas de ella ... no tanto por ella, como porque sabes que Tu Señor quiere aquello" (Sta. Teresa, 5M 3).

jueves, 20 de julio de 2017

La paciencia (Tertuliano - VII)

La paciencia nos humaniza, nos hace saber esperar, resistir, crecer.

Con ella alcanzamos bienes, sin ella podemos echar a perder todos los bienes.


"Capítulo 7: La paciencia y los bienes temporales
Hemos ya tratado sobre las causas de la impaciencia, ahora veremos otras obligaciones según se vayan presentando. Si el ánimo se halla perturbado a causa de la pérdida de los bienes familiares, casi no hay enseñanza del Señor que no inculque el desprecio de las cosas mundanas. Nada inspira tanto menosprecio del dinero como pensar que al Señor no se le encuentra jamás entre ninguna clase de riquezas. Siempre ensalza a los pobres; y a los ricos los amenaza con la condenación.

Si ordena el desprecio de la opulencia, la adelanta en la paciencia la resignación, para que no se haga cuenta de unas riquezas que se tienen que perder. En consecuencia, lejos de nosotros apetecer algo que el Señor tampoco quiso, sino que hemos de soportar sin pena su disminución y aun su pérdida. El Espíritu del Señor, por medio del Apóstol, declaró: "La codicia es la raíz de todos los males" (2Tm 6,10). Y esto lo interpretamos diciendo que no está la codicia tan sólo en el afán de lo ajeno, sino también en lo que parece ser nuestro; pues esto mismo es ajeno. Nada en verdad es nuestro, ni siquiera nosotros, por cuanto todo es de Dios. De consiguiente, ni resentidos por el daño sufrido, lo llevamos con impaciencia doliéndonos de la pérdida de algo que no era nuestro, entonces estamos cerca de ser víctimas de la codicia. Codiciamos lo ajeno cuando con amargura sufrimos la pérdida de lo que no era nuestro.

martes, 18 de julio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXIII)

La postura propia de la adoración eucarística es estar de rodillas. La genuflexión, doblando la rodilla derecha hasta el suelo, con reverencia, es el saludo al Señor. Luego la oración personal, todo el tiempo que se pueda, estando de rodillas, en adoración, reconociendo la grandeza de Cristo y la propia pequeñez ante Él.


En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor (CAT 1378).

sábado, 15 de julio de 2017

La idolatría (Sentencia de León Bloy)

¿Qué es la idolatría?

León Bloy, en sus Diarios, aporta una definición:

"La Idolatría consiste en preferir lo Visible a lo Invisible" (9-julio-1893).

¿Cómo?
¿En qué sentido?

Se rehuye entrar en el Misterio, con la fe que orienta como luz hasta el Misterio, para preferir solamente aquello que se ve, que se palpa, que se puede manipular y mover hasta el antojo.

El becerro de oro -da igual si en vez de oro fuera de otro material- era un ídolo porque era visible y porque ya no era Dios invisible quien podía decidir y ordenar, sino el hombre quien manejaba al becerro de oro.

miércoles, 12 de julio de 2017

El Magisterio de la Iglesia

Recordemos en esta catequesis qué es el Magisterio de la Iglesia y su función al servicio de la verdad. Para nosotros, el Magisterio es normativo, porque nos garantiza la continuidad con la fe apostólica y la permanencia inalterable del depósito de la fe.

Ratzinger lo explica entresacando citas del Concilio Vaticano II. Hagamos nuestra tal enseñanza.

"'Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones' (DV 8).



Él dio a su Iglesia, por el don del Espíritu Santo, una participación en su propia infabilidad. El Pueblo de Dios, gracias al 'sentido sobrenatural de la fe' goza de esta prerrogativa, bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia, que, por la autoridad ejercida en el nombre de Cristo, es el único intérprete auténtico de la Palabra de Dios, escrita o transmitida.

Como sucesores de los Apóstoles, los pastores de la Iglesia 'reciben del señor... la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación..." (LG 24). Por eso, se confía a ellos el oficio de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, de la que son servidores.

La misión del Magisterio es la de afirmar, en coherencia con la naturaleza "escatológica" propia del evento de Jesucristo, el carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo, protegiendo a este último de las desviaciones y extravíos y garantizándole la posibilidad objetiva de profesar sin errores la fe auténtica, en todo momento y en las diversas situaciones.

domingo, 9 de julio de 2017

Confusiones y límites - fundamentos de la participación (y V)


            La clericalización de los laicos se ha puesto de relieve, palpable, en mayor o menor grado, en la liturgia.

            Así se han multiplicado innecesariamente ministerios que acaparaban la liturgia, y se relegaba el papel del sacerdocio ministerial casi exclusivamente a la recitación de las palabras de la consagración; se han llegado a desarrollar continuas intervenciones en la liturgia, con una visión antropocéntrica, para que fueran seglares los que subieran y bajaran del presbiterio, hablaran, leyeran, incluso predicaran a su modo. Se les ha situado en el presbiterio para desacralizar cuanto más posible la celebración litúrgica y convertirla en “circular”, “asamblearia”, y se ha llegado a banalizar la distribución de la sagrada comunión, cuando sin una verdadera necesidad (ministros extraordinarios o ministros ad casum), se ha favorecido que sean seglares los que la distribuyan, y en algunos casos además,  mientras el sacerdote está sentado. Son abusos reales que se han producido y es una mentalidad difundida:

            “En la práctica, en los años posteriores al Concilio, para cumplir este deseo se extendió arbitrariamente "la confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares:  recitación indiscriminada y común de la plegaria eucarística, homilías pronunciadas por seglares, seglares que distribuyen la comunión mientras los sacerdotes se eximen" (Instrucción Inestimabile donum, 3 de abril de 1980, IntroducciónL'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de junio de 1980, p. 17).

            Esos graves abusos prácticos han tenido con frecuencia su origen en errores doctrinales, sobre todo por lo que respecta a la naturaleza de la liturgia, del sacerdocio común de los cristianos, de la vocación y de la misión de los laicos, en lo referente al ministerio ordenado de los sacerdotes” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

            Lo que en algunas circunstancias y territorios de misión pudo ser un servicio en ausencia y espera de sacerdote, se ha convertido, por una mala teología y praxis pastoral, en algo permanente, confundiendo la distinta misión del sacerdocio bautismal de aquella que es propia del sacerdocio ministerial.

martes, 4 de julio de 2017

Lo que vemos en los santos (Palabras sobre la santidad - XLI)

La observación sobre los santos nos llevará a descubrimientos fascinantes, sorprendentes. Desde luego se caerán pronto los esquemas, que podríamos llamar pre-juicios, que consideran a los santos unos super-héroes, de una constitución psicológica, moral y hasta física, superior, distinta, de otra pasta, de otra madera. Caerán los prejuicios que insisten en verlos a todos uniformados, con un mismo modo de ser, actuar y corresponder a todo, alejados de la realidad, de la humanidad concreta del propio yo.


Cuando se observa de cerca el fenómeno de la santidad lo que se constata no es la excepcionalidad humana, su genialidad, no un virtuosismo. Lo que se observa, lo que se descubre, es que son todos, absolutamente todos los santos, una obra maestra de la gracia realizada en sus limitaciones personales, en su temperamento y carácter, en su deficiencia y debilidades.

El fenómeno de la santidad, extraordinario, se debe a la gracia. La santidad es obra de la gracia y los santos, siempre, frutos de la variada, multiforme, ingeniosa, gracia de Dios.

domingo, 2 de julio de 2017

La unión más profunda con Dios (teología de la oración)

Ya sabemos que la vida mística es para todos, porque es la unión con Dios y el desarrollo pleno de la gracia en nuestros corazones, en fe, esperanza y caridad. Esta vida mística, los Padres de la Iglesia en Oriente llamarían "divinización" es la consecuencia de la oración y de la disponibilidad mariana a la acción de Dios.

No confundamos la vida mística, descrita así, con los 'fenómenos místicos' que son gracias extraordinarias que Dios concede a algunas almas.

Será bueno entender la oración como una vida mística hasta alcanzar la mayor unión posible con Dios: se iluminará nuestro camino y se encenderá nuestro deseo. Siempre una correcta teología de la oración es una ayuda para la vida cristiana y espiritual de todos.

"Se trata en efecto de una experiencia inmediata de Dios. Aunque sea el alma creada la que es el sujeto de esta experiencia, lo experimenta como haciéndose en Dios. Pertenece a Dios y a nosotros. Lo que es de Dios y lo que es del alma permanece en el vacío. Porque el alma está tan absorta en Dios que ya no está reflexivamente cerca de sí... Escribe Juliana de Norwich: "No podía ver ninguna diferencia entre Dios y nuestra sustancia: todo era, por así decir, Dios. Pero mi espíritu comprendía sin embargo que era nuestra sustancia la que estaba en Dios. En otras palabras, Dios es Dios y nuestra sustancia es su creación".

Santa Catalina de Génova se expresaba aún con más fuerza: "El verdadero centro de cada hombre es Dios mismo... Mi "yo" es Dios y yo no reconozco otro "yo" fuera de Dios... mi ser es Dios, no por simple participación sino por una verdadera transformación de mi ser... Dios es mi ser, mi "yo", mi fuerza, mi felicidad, mi bien, mi alegría". Dios, o el Amor, le dice: "Quiero transformaros en mí y deshaceros de todo hasta hasta punto que no podréis ya ver o sentir en vos otra cosa más que el amor puro. En una palabra, quiero ser el único". Porque, como lo dice santa Catalina de Siena: "Yo soy el que es, tú eres la que no eres".

viernes, 30 de junio de 2017

La paciencia (Tertuliano - VI)

En el capítulo VI, Tertuliano presenta cómo la paciencia es el crisol de la fe.

Sin duda, y lo habremos experimentado, la fe es puesta a prueba muchas veces, para acrisolarla, refinarla, purificarla de falsas adherencias y que busque a Dios sólo por Dios, sin otras mezclas ni egoísmos. Pero en estas pruebas, la paciencia sostiene a quien es probado. Por eso, la paciencia es el crisol de la fe.

Y así, "la paciencia engendra virtud probada" (Rm 5). Hemos de resistir todo "firmes en la fe", o sea, pacientes en la fe, ya que la caridad es paciente, lo soporta todo, lo aguanta todo.


"Capítulo 6: La paciencia, crisol de la fe
Tan excelente es la paciencia que no sólo sigue a la fe sino que aún la precede (Gn 15). En efecto, creyó Abraham a Dios, y Éste lo reputó por justo. Pero la paciencia probó su fe cuando le ordenó la inmolación de su hijo. Yo diría que no se probó su fe, sino que se lo destacó para modelo, porque bien conocía Dios a quien había aprobado por justo. Y no sólo escuchó pacientemente tan grave mandato, cuya realización hubiera desagradado al Señor, sino que lo hubiera ejecutado si Dios lo hubiese querido. ¡Con razón bienaventurado, porque fue fiel; con razón fiel, porque fue paciente! De este modo cuando la fe -gracias a una paciencia divina fue sembrada entre los pueblos por Cristo, descendiente de Abraham- colocó la gracia sobre la ley; para ampliar y cumplir la ley antepuso la paciencia como auxiliar, pues sólo ella era lo que faltaba a la enseñanza de la anterior justicia (Gál., III).

En efecto, antes se exigía "diente por diente y ojo por ojo", se daba mal por mal (Ex 31, 23-25 y Dt 19, 21), porque aún no había llegado a la tierra la paciencia, porque tampoco había llegado la fe. Entonces la impaciencia se gozaba de todas las oportunidades que le ofrecía la misma ley. Así acontecía antes que el Señor y Maestro de la paciencia, hubiese venido. 

miércoles, 28 de junio de 2017

El peligro de la clericalización de los laicos - fundamentos de la participación (IV)


            La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.



            Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

            “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

            Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

            “En el momento del bautismo fuimos marcados por un "carácter", por un "sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).

lunes, 26 de junio de 2017

El sacerdocio...

Sólo unas palabras, que no por breves son superficiales, para ver, valorar, agradecer, el sacerdocio.



"Por la sagrada ordenación que recibisteis, y por los sacramentos que celebráis, estáis llamados a ser hombres de comunión. Así como el cristal no retiene la luz, sino que la refleja y la devuelve, de igual modo el sacerdote debe dejar transparentar lo que celebra y lo que recibe. Por tanto os animo a dejar trasparentar a Cristo en vuestra vida con una auténtica comunión con el obispo, con una bondad real hacia vuestros hermanos, una profunda solicitud por cada bautizado y una gran atención hacia cada persona. Dejándoos modelar por Cristo, no cambiéis jamás la belleza de vuestro ser sacerdotes por realidades efímeras, a veces malsanas, que la mentalidad contemporánea intenta imponer a todas las culturas. Os exhorto, queridos sacerdotes, a no subestimar la grandeza insondable de la gracia divina depositada en vosotros...

Sin la lógica de la santidad, el ministerio no es más que una simple función social. La calidad de vuestra vida futura depende de la calidad de vuestra relación personal con Dios en Jesucristo, de vuestros sacrificios, de la feliz integración de las exigencias de vuestra formación actual. Ante los retos de la existencia humana, el sacerdote de hoy como el de mañana – si quiere ser testigo creíble al servicio de la paz, la justicia y la reconciliación – debe ser un hombre humilde y equilibrado, prudente y magnánimo". 

(Benedicto XVI,  Discurso a los sacerdotes, religiosos y laicos, Ouidah, Benín, 19-noviembre-2011).

sábado, 24 de junio de 2017

El primado de la gracia (Palabras sobre la santidad - XL)

Tal vez, llevados por un ingenuo optimismo y confianza en la bondad de la naturaleza humana, olvidando o relegando al silencio el pecado original y la concupiscencia, que han dejado herido al hombre, debilitado, se ha querido presentar el cristianismo y su expresión máxima, la santidad, como el esfuerzo interior de la persona que se compromete con Cristo, que le sigue, que toma conciencia de unos valores y que lucha.

Al final, olvidando la trama del tejido humano, tan compleja, parecería que la santidad se adquiere y se vive por un mero esfuerzo, un compromiso consciente, y uno se hace santo a sí mismo: la santidad sería un producto humano de hombres comprometidos, fuertes, esforzados. Luego Dios vendría, simplemente, a reconocer esa santidad que uno ha logrado sin necesitar para nada al Señor.

¿Pero esa visión es cristiana?

¿Es eso correcto, es así, es acaso cierto?


viernes, 23 de junio de 2017

Amando como Cristo nos amó (y II)




Para amar, caminar juntos

            El amor hace que se camine en unidad, juntos hacia una misma meta: la santidad. El amor hace que se camine juntos (en amistad, en fraternidad, en matrimonio) hacia una misma dirección. ¿Y cómo se va caminando juntos?

*         Sentirse uno seguro de sí mismo sin mirar al otro como a un rival o un oponente, sino como compañeros, mutua ayuda. El bien o el éxito del otro es una alegría sincera para el que ama. “Tened sentimientos de humildad unos con otros” (1P 5,1), y, “nada por rivalidad ni por vanagloria, sino todo con humildad... no buscando el propio interés” Flp 2,3ss).

*         El amor verdadero, como siempre está pendiente del otro para servirle, para ayudarle, al caminar juntos, quita las posibles piedras y evita tropiezos. Quiere que el otro haga el camino –la vida misma- lo más agradable y cómodamente posible. Se camina juntos -¡se es uno!- allanando los caminos. Al Señor se le preparan los caminos (“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”, Mc 1,3), y al mismo tiempo se le sigue (“Sígueme”, Mc 2,14), sabiendo que Él camina junto a cada uno: “nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 22). Es así como el Señor nos enseña a amar, compartiendo y caminando juntos.

*         El amor verdadero, caminando con el otro, irá respetando y reconociendo los carismas personales, los valores, apreciándolos y estimulando (el amor jamás ve al otro como un rival); “tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados... Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido (1P 4,8.10).
A medida que caminan juntos más se aman, más se ayudan, más se potencia lo bueno de la persona a la que se ama. El que ama hace que el otro “consiga ser mejor persona”. Y compartiendo esa complementariedad, el amor “se hace fuerte como la muerte” (Cant 8,6).

Para amar, saber hacerse presente

            Ilumina mucho una estrofa del Cántico espiritual de S. Juan de la Cruz:

            “mira que la dolencia
            de amor no se cura
            sino con la presencia y la figura”.

            El que ama “está presente”, se “hace presente” en la vida del otro. Los pequeños detalles lo permiten. ¿Cómo podríamos expresar ese “estar presente”?

miércoles, 21 de junio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXII)

Lejos de un intimismo conformista, o de un refugio acomodado, en el que adormecer la conciencia, la adoración eucarística tanto en la celebración como en el culto eucarístico fuera de la misa, despierta, impulsa y envía. Es un revulsivo que conmueve el dinamismo personal ante la Presencia misma del Señor, ya que para Él nada hay oculto. Desvelando nuestro interior, lo purifica y sanea, y una vez limpiado el interior, envía al mundo.

Cuando la adoración eucarística es sincera, reposada, sin atarnos a los libros de meditación o un recitar apresurado de fórmulas, sino sosegando el corazón para que mire a Cristo, inevitablemente su Presencia hace que aflore la conciencia y salgan a la luz, no sólo las debilidades, sino los ídolos a los que hemos inmolado ya sea la inteligencia, ya sea el afecto. La libertad la hemos atado, y sin embargo, Cristo nos ha hecho libres para vivir en libertad (cf. Gal 5,1).

Su Presencia en el Sacramento descubre la idolatría del corazón, rompe las cadenas, y con su gracia, se destruyen esos ídolos tan grandes pero con pies de barro. La libertad viene de Cristo y la adoración eucarística permite crecer en la libertad de los hijos de Dios.


martes, 20 de junio de 2017

Misterio de fe, la Eucaristía

La grandeza del Misterio de la Eucaristía, del Cuerpo y Sangre de Cristo, del sacrificio eucarístico, del banquete pascual del Señor, nos deben conducir una y otra vez a su adoración así como a una renovada comprensión del Misterio. En él está nuestra vida, de la Eucaristía vivimos.


                "Recemos para que las palabras pascuales de Cristo sean tan vivas y operantes en nuestras almas que las hagan partícipes de los misterios que encerró en ellas no sólo para que las recordásemos eternamente, sino para que de ellas derivase en  nosotros comunión.

                …Las palabras que Él pronunció son éstas: “Tomad y comed. Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (1Co 11,24-25). ¡Qué breves, qué densas, qué sencillas, qué profundas son estas palabras! Quisiéramos darnos cuenta enseguida de su sentido inmediato: son palabras que transforman, quisiéramos también darnos cuenta de su sentido intencional: son palabras de invitación a tomar parte en el banquete del Señor, para el cual Él ha preparado un alimento sorprendente, casi desconcertante: su Cuerpo, su Sangre; es decir, Él mismo. 

Pero ¿qué significa un banquete donde se ofrecen semejante alimento y semejante bebida y donde se realiza semejante presencia, sino la oblación de una víctima, de un sacrificio? 

Pero ¿cómo podemos hacernos idea, aunque sea simbólica, de una realidad tan inaudita? 

Amando como Cristo nos amó (I)



   
         En la escuela del Corazón de Cristo, aprendemos a amar. ¿Quién va a entender estas catequesis; quién querrá hacerlas suyas? Me remito a San Agustín que decía al predicar sobre el amor cristiano:

“Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo... Dame un corazón que desee y tenga hambre; dame un corazón que se mire como desterrado, y que tenga sed, y que suspire por la fuente de la patria eterna; dame un corazón así, y éste se dará cuenta perfecta de lo que estoy diciendo; mas si hablo con un corazón helado [gélido, frío], este tal no comprenderá mi lenguaje” (In Io. Ev. 26,4).   

Escucha, aplica los sentidos de tu alma y vayamos juntos a la escuela del Corazón de Cristo, pues discípulos suyos somos, oyentes de sus enseñanzas, imitando el modelo que vemos en Él.

Para amar, descubrir la belleza del corazón del otro
           
-          El amor verdadero se fija en la persona misma y no en lo exterior. El amor genuino mira con los ojos del corazón y sabe descubrir la belleza interior de la persona que otros, a lo mejor, no ven ni saben barruntar. Y porque ama y ve lo bueno y verdadero del otro, lo valora y lo va sacando a la luz. El Señor “no se fija en las apariencias, sino que mira el corazón” (1S 16,7). El cristiano, amando y por amor, valorará “todo lo que es justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito” (Flp 4,8).

-          Cada persona, por su imagen y semejanza de Dios, tiene una infinita capacidad de amar, pero acomodada al ser y temperamento personal, porque cada persona es única. La paciencia, también en esto, significa respetar, reconocer y aceptar estas dificultades, hacer un rodaje juntos donde su pulen las aristas, aprendiendo de “la paciencia de Dios que es nuestra salvación” (2P 3,15); así el amor “espera sin límites, disculpa sin límites” (1Co 13,7) y aprende a “sobrellevarse unos a otros por amor” (cf. Col 3,13).

domingo, 18 de junio de 2017

¡La santidad! (un texto de Bernanos)

La gloria de la Iglesia es la santidad.

La gloria de la Iglesia se manifiesta en sus hijos santos, que son sus mejores hijos.


Rica en santos, la Iglesia se muestra como Madre santa y solícita que los conduce a Dios y le dispensa los medios de la gracia y la comunicación del Espíritu Santo.

¡Bendita Iglesia!

¡Qué santo orgullo, sencillo y humilde, de ver una Iglesia tan rica en santos! Así es nuestra familia espiritual. Así es este Cuerpo del que formamos parte.

"Nuestra Iglesia es la Iglesia de los santos.

Por ser santo, ¿qué obispo no daría su anillo, su mitra, su báculo pastoral, qué cardenal no daría su púrpura, qué pontífice no daría su vestido blanco, sus camareros, sus guardias suizos, todos sus bienes temporales? ¿Quién no querría tener la fuerza para correr esta admirable aventura?


viernes, 16 de junio de 2017

Plegaria: amor de Jesucristo (S. Juan de Ávila)

Las plegarias que los santos suelen dejar consignadas en sus escritos poseen un alto valor teológico, sin el tono melifluo, acaramelado de tantas oraciones piadosas. Están hechas de una pieza, demuestran solidez doctrinal y una pasión grande por el Señor. Orar con ellas, en cierto modo, es hacer "teología de rodillas" pues iluminan la inteligencia al tiempo que elevan el corazón.



El amor de Jesucristo en su Corazón por cada uno de nosotros es una elevación teológica que nos ofrece san Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, suficiente como para encender en nosotros el fuego del amor a Cristo pero también para considerar teológicamente las maravillas de la redención encerradas en el Corazón de Cristo y accesible a todos.

De esta forma, la espiritualidad del Corazón de Jesús es una espiritualidad que se centra en la Redención, en el amor, en la expiación solidaria y en la ternura hacia la Persona del mismo Cristo (sin resabios éticos, tan propios del moralismo).

Oremos guiados por la meditación de san Juan de Ávila.



            "Alabada sea, Señor, tu bondad, que, con la grande gana que tienes de darte, pides tan poco por ti.

   

miércoles, 14 de junio de 2017

La paciencia (Tertuliano - V)

La educación moral sobre la paciencia que leemos en Tertuliano (s. II-III) nos lleva hoy a analizar y conocer bien qué es la impaciencia y los males que acarrea.


Pensemos que la impaciencia es lo contrario al método divino. Lo queremos todo aquí y ahora, con nuestros propios métodos y medidas, en lugar de aguardar a los tiempos divinos y su pedagogía. Eva quiso "ser como Dios", pero en lugar de aguardar a la divinización ya en el plan de Dios, prefirió acortar camino, y "ser como Dios" ya, atravesando los límites del tiempo y del plan de Dios, para serlo ahora, al momento, enseguida.

La impaciencia engendra pecados.


"Capítulo 5: Origen y males de la impaciencia
Proseguiremos pues, en nuestra disertación ya que no es simple ocio, sino más bien de utilidad el que se traten argumentos fundamentales para la fe. La locuacidad, aun cuando sea vituperable casi siempre, no lo es si se entretiene con temas edificantes. Ahora bien, cuando se investiga sobre alguna cosa buena, el método exige que se estudie también lo que le es opuesto, porque de esta manera se verá más claro lo que deba seguirse y, por consiguiente, más preciso lo que deba evitarse. Tratemos ahora pues, de la impaciencia.

lunes, 12 de junio de 2017

Dignidad del sacerdocio común - fundamento de la participación (III)


            Una enseñanza completa y clara es la que nos ofrece san Pedro Crisólogo, mostrando la naturaleza, la dignidad y la función del sacerdocio bautismal; es la voz de la Tradición más genuina desplegando las riquezas de este sacerdocio común y orientando, con palabras de fe, para vivirlo y desarrollarlo:


            “Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva. 

            ¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima. 

            Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva. 

            Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo. 

sábado, 10 de junio de 2017

La vocación del teólogo

Valoremos qué hace un teólogo verdadero en el seno de la Iglesia, cuál es su misión, de qué modo realizarla y valoremos igualmente la importancia de una teología sana, honda, razonable, fruto del estudio, de la oración y de la vivencia del seguimiento de Cristo. 

Y es que la teología es necesaria en la Iglesia y ser teólogo es una vocación y misión pastoral que nadie se puede atribuir (y menos identificando teología con 'la frontera', la 'disidencia' o el falso profetismo que ataca a la Iglesia y al Magisterio).




"Entre las vocaciones suscitadas de ese modo por el Espíritu en la Iglesia se distingue la del teólogo, que tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia.

Por su propia naturaleza, la fe interpela a la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3,19), sin embargo invita a nuestra razón -don de Dios otorgado para captar la verdad- a entrar en su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al Pueblo de Dios, según el mandamiento del Apóstol (cf. 1P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a quienes se lo piden.

El trabajo del teólogo responde así al dinamismo presente en la fe misma: por su propia naturaleza, la Verdad quiere comunicarse, porque el hombre ha sido creado para percibir la verdad y desea en lo más profundo de sí mismo conocerla para encontrarse en ella y descubrir allí su salvación (cf. 1Tm 2,4). Por esta razón, el Señor envió a sus Apóstoles, para convertir en "discípulos" a todos los pueblos y les prediquen (cf. Mt 28,19s). La teología que indaga la 'razón de la fe' y la ofrece como respuesta a quienes la buscan, constituye parte integral de la obediencia a este mandato, porque los hombres no pueden llegar a ser discípulos, si no se les presenta la verdad contenida en la palabra de la fe (cf. Rm 10,14s).

jueves, 8 de junio de 2017

La oración es... (Sentencias de León Bloy)

Una frase, una sola frase, puede a veces constituir todo una teología, una espiritualidad, y ser una síntesis de pensamiento cristiano. En este caso, una frase de los Diarios de León Bloy pueden permitirnos formarnos.


"Le explico todo esto a mi querida mujer, que se sentía desolada al haber rezado inútilmente por mí: la oración no es para obtener, sino para consolar a Dios" (II Macabeos 7,6)" (14-julio-1892).


Dios es partícipe del dolor de sus hijos. Ni es insensible ni está alejado.

En Getsemaní vamos al mismo Hijo de Dios, Jesús nuestro Señor, consumido por la angustia -¡tan humana!- ante la cruz y ante el rechazo de los hombres al amor de Dios. Pide compañía, pero no se la supieron dar. Estaban dormidos los apóstoles, les venció el sueño, y dejaron a Jesús solo.

sábado, 3 de junio de 2017

Revitalizar la parroquia (y III)

Revitalizar la parroquia sólo se hace si uno, si cada cual, si todos juntos, nos acercamos a beber en las fuentes de la salvación del Corazón de Cristo.

Convenzámonos: no hay fórmulas mágicas, ni programas pastorales caídos del cielo; no hay un único método o enfoque pastoral que todo lo renueve.





Más bien hay un proceso, que nos viene dado por el Señor, y mediante el cual estaremos insertados en Cristo, con una honda vida eucarística, una escucha constante y fiel de la Palabra divina (en la predicación, en catequesis, formación y círculos de estudio) así como la caridad de una vida santa, que ama la fraternidad y quiere a los hermanos que integran la parroquia, difundiéndose esa caridad a todos, especialmente pobres y enfermos.


La caridad real de una parroquia será un gran signo eucarístico. Pero de la caridad brotará la unidad entre todos. Es la integración de los muchos en la unidad del Cristo total, eliminando protagonismos, arrogancia, deseos de aparentar, soñar con ser imprescindible en la parroquia, etc.

La unidad permite que cada cual esté en la parroquia como en su propia casa y hogar, formando parte de una familia muy amplia y distinta: todos servidores y colaboradores, hermanos con carismas y funciones distintos. La rivalidad se queda en la puerta de la calle y jamás entra en la parroquia. La unidad lo enseñorea todo.



jueves, 1 de junio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXI)

Permanecer en adoración ante Cristo-eucaristía es algo cargado de consecuencias, situando de nuevo al orante ante el Misterio y ante sus propias decisiones y respuestas libres ante el Misterio. Ni es banal ni trivial ni devocionalismo la adoración eucarística, sino que ésta alcanza dimensiones grandes, capaces de tocar a la persona en su centro vital.


1) El hombre busca a Dios, lo necesita, lo reconoce, pero quien primero ha salido al encuentro del hombre ha sido Dios mismo. Sería imposible al hombre, criatura humana, llegar a reconocer todo lo que Dios es y abrazarlo en su Misterio. Si el alma busca a Dios, mucho más la busca Dios a ella, afirma taxativamente san Juan de la Cruz en Llama de amor viva (3,28).

No basta sólo el auxilio de la razón para encontrar a Dios, sino que es necesaria la fe que lo reconoce y se entrega a Él. Esta fe es la que nos permite escuchar a Cristo y sus palabras: "Esto es mi Cuerpo", permitiendo así que la Eucaristía sea la Presencia de Cristo, indudable, certera y amorosa.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Veni Creator Spiritus! - ¡Espíritu Creador!



Al inicio, el Padre lo creó todo de la nada con sus dos manos: el Verbo y el Espíritu, escribe san Ireneo: Dios Padre, como fuente y origen de todo, quien actúa por sus manos, que son su Hijo y el Espíritu Santo, su Verbo y su Sabiduría: “El hombre está compuesto de alma y carne, la cual fue formada a semejanza de Dios y plasmada por sus manos, eso es, por el Hijo y el Espíritu” (Adv. Haer. IV, Prol. 4; IV,20,1-4; V, 1,3; 15,4).



El Espíritu es Creador porque infunde vida; lo que era materia inerte, recibe el aliento del Señor soplando sobre ella (Gn 2,7): el soplo del Padre es el Espíritu Santo que anima. El Espíritu Creador da vida a lo que tocaba; “aleteaba sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2) y sabemos y confesamos que “les retiras el aliento y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y renovarás la faz de la tierra” (Sal 103).

Creador y vivificador, Señor y dador de Vida: es capaz de encarnar en el seno virginal de Santa María al Verbo eterno, el cuerpo y el alma humana de Jesús, sin concurso de varón. Y este mismo cuerpo, exánime, sepultado, es glorificado y resucitado por el Espíritu desencadenando una nueva creación, una transformación gloriosa –llena, traspasada por el mismo Espíritu- de toda la creación, que recibe como primicia la Resurrección de Cristo pero que aún gime con dolores de parto (Rm 8,22).

lunes, 29 de mayo de 2017

El mundo de la santidad (Palabras sobre la santidad - XXXIX)

Los santos son aquellos que han generado un nuevo mundo, lleno de Dios y, a la vez, de finísima humanidad, porque ellos no eran de este mundo, carnales, con mentalidad mundana, sino de aquel mundo luminoso que es la Gloria de Dios.

En los santos ha brillado la luz de Dios, aquel reflejo que anuncia el cielo nuevo y la tierra nueva, la obra plena de Dios, la renovación de todas las cosas en Cristo.

Vivieron entre nosotros, son de nuestra raza, de nuestra naturaleza, viatores, caminantes al igual que nosotros, pero ahora están en la meta, en el mundo verdadero por el que soñaron y lucharon y fueron fieles: el mundo de la Santidad divina, de la Belleza que los envuelve. 

¿Y ahora se desentenderán de nosotros, pobres mortales?
¿Se olvidarán de este mundo y esta tierra, de sus hermanos que peregrinamos?

Ahora es el momento de una conversación con ellos, de un diálogo ininterrumpido y eficaz: lo divino y lo humano comunicándose, el cielo y la tierra en diálogo, los hermanos santos con sus hermanos llamados a serlo:

sábado, 27 de mayo de 2017

Alabanza a Cristo (Plegaria)

"Ahora te bendecimos,
Cristo mío, Verbo de Dios,
luz de una luz sin principio,
y dador del Espíritu:
triple luz que se unifica
en una única gloria.


Tú has hecho desaparecer las tinieblas
y has establecido la luz,
para crear en la luz todas las cosas
y establecer la materia inestable
en una dignidad de forma
y en el buen orden actual.

Tú has iluminado la mente del hombre
con la razón y la sabiduría,
colocándolo como imagen
del esplendor celeste aquí abajo,
para que en la luz vea la luz
y llegue a ser luz totalmente.

jueves, 25 de mayo de 2017

Ofrecer, orar y santificarse - fundamento de la participación (II)


            El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.


            El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el Espíritu Santo:

            “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno, Serm. 4,1).

            En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo Crisma:

            “Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

            Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).

martes, 23 de mayo de 2017

La oración es conocimiento (teología de la oración)

Más que una exposición sistemática, vamos a volver a lo mismo desde distintos enfoques o perspectivas, una consideración global, para captar algo nuclear de la oración: la oración es conocimiento.


Quien ora, va conociendo poco a poco a Dios, quién es Dios, cuál es la obra de Dios, el inmenso amor de Dios. Será una oración sabrosa, que avanza y profundiza muy poco a poco, que necesita tiempo, pero que va logrando conocer a Dios.

La oración, vivida con fidelidad cotidiana, nos permite adentrarnos en el conocimiento de Cristo, en este caso, por la vía de la amistad. El amor quiere conocer más y mejor. La vida de oración no es un lujo elitista, sino una dimensión normal de nuestro ser cristianos. Claro que habrá que iniciar en la vida de oración, acompañar, enseñar a orar y estar con Cristo. Pero sin la oración, difícilmente habrá la solera, la hondura, en la fe.