martes, 24 de abril de 2018

El rito de la paz en la Misa (I)

Es característica esencial y propia del rito romano que la paz se intercambia después del Padrenuestro y -antes de la Fracción del Pan, según lo determinó en el siglo VI san Gregorio Magno: no es ningún modernismo litúrgico...


Desde entonces hasta hoy es uno de los rasgos propios del rito romano -como lo es también, por ejemplo, arrodillarse en la consagración y que las especies se muestren para la adoración después de la consagración-.

El Sínodo sobre la Eucaristía, en el pontificado de Benedicto XVI, sugirió desplazar el rito de la paz romano para anteponerlo al Ofertorio, en vistas, sobre todo, a no perturbar el ritmo de recogimiento antes de la comunión, dados los múltiples abusos de este rito que se ha visto desbordado por efusividad y movimientos.

Benedicto XVI recogió esta sugerencia en la exhortación Sacramentum Caritatis:

"La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo indeleble en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquel que « es nuestra paz » (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos y personas aun cuando fracasen las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos" (n. 49).

domingo, 22 de abril de 2018

La vida eucarística - IV



            Se ama lo que se conoce. Siempre. Lo que no conocemos, o no podemos relacionarnos con ello, ¿será posible amarlo? 

Para amar más la Eucaristía, el Gran Sacramento, hemos de conocer lo que ella es, la realidad sacramental que bajo el velo de los signos, de los ritos y de los signos litúrgicos, contienen a Cristo y toda gracia. 


L
a voz de la Tradición empleaba este método: conociendo la liturgia, extraía el contenido sacramental y espiritual. Así, conocían la Eucaristía, para amarla más y vivirla mejor.


            “El pan y el vino de la Eucaristía eran simple pan y vino antes de la invocación de la santa y adorable Trinidad, pero, una vez hecha la invocación se convierten el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo”[1]

viernes, 20 de abril de 2018

Sentido único de la Unción de Jesús

Que Jesús sea el Ungido por excelencia, hasta el punto de formar en castellano un solo nombre: "Jesucristo", es una medida nueva, una expresión completa.

Estaba profetizado que el Mesías del Señor, el que vendrá a salvar a Israel de sus pecados, tendrá de forma permanente el Espíritu Santo: reposará sobre Él. El Mesías será el Ungido. No recibirá el Espíritu mediante el aceite de las consagraciones, que "baja por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento" (Sal 132), sino directamente, espiritualmente.

El Ungido que estaba profetizado es nuestro Señor Jesús, el Salvador.

"En todos los que 'profetizaron se posó el Espíritu' Santo. Sin embargo en ninguno de ellos reposó como en el Salvador. Por lo cual está escrito de Él que 'saldrá un vástago de la raíz de Jesé y subirá de su raíz una flor. Y reposará sobre Él el Espíritu de Dios, Espíritu de sabiduría y entendimiento, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad; y lo llenará el Espíritu del temor del Señor'.

Pero quizás diga alguno: Sobre Cristo, no has mostrado escrito nada superior al resto de los hombres: así como se dijo que 'reposó sobre ellos el Espíritu', así también se dijo del Salvador: 'Reposará sobre Él el Espíritu de Dios'. Pero mira que sobre ningún otro se dice que 'el Espíritu de Dios descansase' con esta fuerza septuplicada, por lo cual sin duda aquella misma sustancia del Espíritu divino, que, al no poder mostrarse con un solo nombre, se expresa con divinos vocablos, profetiza que 'descansará sobre un vástago que procederá de la estirpe de Jesé'" (Orígenes, Hom. in Num., VI, 3, 2).

Solamente sobre el Verbo encarnado va a descansar el Espíritu septiforme, con sus siete dones, de manera absoluta. Ya lo recibió en el seno virginal de Santa María, cuando el Espíritu la cubrió con su sombra. Pero también recibió una nueva y abundante Unción en el Bautismo en el Jordán, donde el Espíritu desciende y robustece la humanidad del Verbo para su tarea redentora (incluida la cruz, no solamente la vida pública).

jueves, 19 de abril de 2018

La justicia del humilde

Otro aspecto de la humildad, la verdadera, la del amor, se une su relación con la virtud de la justicia. El justo es humilde, el humilde es un hombre justo.

¿Acaso no son los justos del Antiguo y del Nuevo Testamento, como san José "varón justo", hombres real y verdaderamente humildes?


Claro que la justicia no es una distribución igualitaria, conmutativa, marcada por el Derecho, sino la justicia es la salvación, el hombre que vive en temor de Dios y obra la salvación.

"Amplitud de la justicia

Ensánchandonos a nosotros mismos, la humildad ensancha también, con nosotros, todo el orden humano. A la moralidad exangüe con los recovecos de sus distingos, ofrece un nuevo respiro, y como   más espacio. Esta amplitud, la humildad la procura no exigiendo menos, sino exigiendo más. Sólo la humildad puede ofrecer toda la medida del hombre, divinizándolo. Así, puede parecer que la humildad, con su exceso de amor y la solicitud de su servicio, desborda la justicia y en cierto modo la niega. A cada uno según su mérito, a cada uno según su rango: de golpe la humildad olvida todos sus cálculos, y se somete libre y gozosamente a éste mismo que incluso es su inferior. Se hace el servidor de todos, incluidos sus servidores. ¿No es desconocer el buen derecho, y de cada uno su justo valor?

miércoles, 18 de abril de 2018

Iglesia, belleza, artistas

Sin necesidad de muchas glosas ni explicaciones, vamos a ir leyendo en varias catequesis dos discursos magistrales, sublimes, que con el tiempo se han convertido en lugar obligado y referente para entender la relación entre la Iglesia y la belleza, entre la Iglesia y los artistas.


Estos dos discursos son los pronunciados por Pablo VI en 1964 y el de Benedicto XVI en 2009. Ofrecen una relación teológica y pastoral entre la Iglesia y la belleza misma, que es una cualidad de Dios mismo (¡Dios es Hermosura siempre antigua y siempre nueva!) y por tanto la relación delicada de la Iglesia con el arte en todas sus expresiones, desechando el feísmo, el mal gusto, la copia, la baja calidad.

Entre todos, en los comentarios, iremos viendo los discursos y sacando las consecuencias. 

Disfrutemos leyéndolos.



"¡Queridos Señores e Hijos aún más queridos!

Nos apremia, antes de este breve coloquio, alejar de vuestro ánimo la posible aprensión o turbación fácilmente comprensible en quien se encuentra, en una ocasión como ésta, en la Capilla Sixtina. Quizá no exista un lugar que haga pensar y temblar más que éste, que infunda más embarazo y al mismo tiempo que excite más los sentimientos del alma. Pues bien, precisamente vosotros, artistas, debéis ser los primeros en apartar del alma el instintivo titubeo que nace al penetrar en este cenáculo de historia, arte, religión, destinos humanos, recuerdos, presagios. ¿Por qué? Pues porque éste es, precisamente y ante todo, un cenáculo para artistas, un cenáculo de artistas. Y por tanto deberéis en este momento dejar que la magnitud de las emociones, los recuerdos, la exultación -que un templo como éste puede provocar en el alma- invada libremente vuestros espíritus.