lunes, 22 de enero de 2018

El Espíritu en su relación con la Palabra

La Palabra de Dios cobra una fuerza salvífica grande cuando es proclamada en la liturgia. Ya no es una lectura privada, meditativa (la lectio divina) sino que es Dios mismo hablando a su pueblo y Cristo anunciando el evangelio (cf. SC 33).





Esa Palabra, así proclamada en la acción litúrgica, en el lugar elevado y digno llamado ambón (no un atril sin relieve), con una mediación humana importantísima (un buen lector, no cualquiera para "intervenir") recibe la fuerza y la impronta del Espíritu Santo.


Es el Espíritu Santo el que mueve el corazón de los oyentes, de cada miembro del pueblo santo, para dar una respuesta de fe, un asentimiento racional, con plena disponibilidad al Señor: "en la respuesta de cada fiel a la acción interna del Espíritu Santo" (OLM 3).

Cuando se recibe la Palabra de Dios, celebrada y rodeada por un silencio meditativo, el Espíritu Santo desempeña una acción interna moviendo el corazón, si no le ponemos obstáculos (un lector torpe, distracciones de los oyentes, superficialidad, etc.).

viernes, 19 de enero de 2018

Crecer en virtudes -la humildad es el terreno-

Sin la humildad, el edificio se resiente y se viene abajo. Sin la humildad, la tierra de nuestro corazón impide que florezcan flores y frutos buenos, hermosos y comestibles.


La humildad es la base de todo crecimiento moral así como la soberbia es la que arrasa con todo y destruye lo que encuentra por delante.

Sólo con humildad, y una súplica constante de la gracia, podremos ir adquiriendo las virtudes con la suficiente solidez como para no ser arrancadas, sino hundiéndose en nuestro ser, bien firmes.

"La raíz de las virtudes

Un bello pasaje hermenéutico, en su sermón sobre la natividad [de san Bernardo] manifiesta el carácter propiamente radical de la humildad para san Bernardo. Cuando el ángel aparece a los pastores, advierte el santo, les dice: "encontraréis a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2,11). Pero unos líneas más adelante, está escrito que "fueron corriendo y encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre" (Lc 2,16). ¿Por qué esta diferencia, por qué "la humildad sola parecer ser alabada por el ángel,y por tanto solamente encontrada por los pastores"? Los pastores parten a la búsqueda de la humildad, cuya figura es el niño Jesús, y sin embargo encuentran al llegar, no la sola humildad, sino otras virtudes, la continencia y la justicia. Quien busca la humildad descubrirá algo más que la humildad. Quien se apresura para verla verá algo más que no ha venido a ver. Cuando se promete la humildad, siempre hay algo más. Cuando se anuncia la humildad, siempre llega algo más. Por los pastores, "no se encontró sola, porque siempre la gracia se da a los humildes".

martes, 16 de enero de 2018

La paciencia (Tertuliano - XV)

Nadie dudará ya de la necesidad de la virtud de la paciencia y sus benéficos efectos en quien la adquiere; no dudará después de haber leído casi íntegra ya la enseñanza de Tertuliano (160-220) en su tratado sobre la virtud de la paciencia.

Su elogio es bien merecido; cuánto más ponderemos la paciencia, más la desearemos e intentaremos, sostenidos por la gracia, movidos por la gracia, adquirir la virtud que nos sostiene en la espera y engendra otras muchas virtudes.

Y si la paciencia de Dios es nuestra salvación, y Cristo nos dejó un ejemplo y modelo de paciencia en su pasión, nosotros adquiriendo la paciencia imitaremos aquello mismo que está en Dios y que nos lo mostró. Él es paciente, compasivo y misericordioso. Cristo, el Verbo hecho carne, es manso y humilde, de paciencia infinita. Y con la paciencia salvaremos nuestras almas.

La caridad, porque es paciente, lo aguanta todo, lo soporta todo, lo disculpa todo, porque siempre espera, y espera sin ser defraudada por Dios. Por eso la paciencia es una virtud auxiliar tan buena y saludable, ya que colabora al dinamismo entero de nuestro ser teologal (fe, esperanza y caridad).


domingo, 14 de enero de 2018

El sufrimiento del cristiano (León Bloy)

El sufrimiento es casi connatural al cristiano por dos razones:

a) debe poseer una conciencia más fina ante los fenómenos del espíritu, y por tanto, mayor sensibilidad y mejor capacidad de percepción para el sufrimiento que otros, sin embargo, no notarían apenas;

b) está llamado a compartir los dolores de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24) y por tanto el sufrimiento, físico, moral o espiritual, es un ingrediente más para participar de la Redención.


Se puede sufrir, y mucho, cuando se ve el desamor de las almas hacia Dios o cuando se ven situaciones de pecado, o cuando se experimenta la oscuridad interior o el silencio de Dios...

Por eso, razón tenía León Bloy al escribir:

"Corre el dicho de que las gentes sin Dios sufren más que los otros. Eso debe ser un lugar común. Me parece, al contrario, que el sufrimiento profundo no puede ser conocido más que por los amigos de Dios. Los enemistados han de sufrir menos" (15-abril-1895).

viernes, 12 de enero de 2018

Una gran confianza, ilimitada (Palabras sobre la santidad - L)

«¡Toda mi esperanza estriba solo en tu gran misericordia!»: así exclamaba san Agustín y con toda razón (Conf. X,29,40).

Esa inmensa confianza en Dios es clave de bóveda de la santidad. No se confía en uno mismo, ni en sus propias posibilidades y compromisos, ni en las cualidades y dones personales. Todo eso es frágil, y a la larga, se revela inconsistente. Todo lo que se construya sobre uno mismo se puede derrumbar al primer viento contrario (cf. Mt 7), pero lo que se edifica en una firme Roca, Dios, se mantiene alto, inhiesto, imperecedero.



La santidad es una gran confianza en Dios, una esperanza absoluta y firme en Él, de que quiere y es capaz y me dará en su momento cuanto necesite.

Los santos poseen la nota común de la confianza en Dios, inquebrantable.

"Si estamos al servicio de Dios, nada nos debe infundir temor; la confianza es nuestra verdadera fuerza, la certeza –hasta el peligro a veces- de que la asistencia del Señor, positiva, amorosa es menos visible al observador profano, pero en el alma del santo es elemento principal de su fortaleza y de su grandeza" (PABLO VI, Discurso en la beatificación de Dom Luis Guanella, 25-octubre-1964).